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Me gustaría vivir
sobre el mar una temporada". Aquella joven curiosa, moderna y de
ideas avanzadas confesó esta fantasía al que años después sería su
marido, Virgilio Leret. En julio del 36, Carlota O'Neill (Madrid, 1905)
cumplió su sueño. Su marido, capitán de Aviación de la República,
estaba destinado por tres meses en las Fuerzas Aéreas de Marruecos, en
la zona de Melilla, y le propuso que ella y sus dos pequeñas, Mariela y
Carlota, habitaran un barco anclado frente a la base de Hidros de
Atalayón,
junto a los hidroaviones que flotaban sobre la ensenada de la Mar Chica.
Así pasarían juntos el verano. Era una draga espaciosa e inhabitada
que pertenecía a Aviación. Una barquita les llevaba a tierra, y cuando
cedía el sol acudían a la base a jugar al tenis. Leret almorzaba en la
draga y allí hacía vida familiar.
Lo recuerda ahora su hija Carlota Leret O'Neill, que reside en Venezuela
y visita con frecuencia España. Y lo cuenta la propia Carlota O'Neill
en un libro bello y terrible, Una mujer en la guerra de España (Oberón).
Aquel verano idílico quedó interrumpido el 17 de julio. Ese día no
lució el sol, y, después de comer, Carlota escribió un rato en el
comedor del barco, las niñas subieron a cubierta y Leret leyó el periódico
en la tumbona. A media tarde decidieron pasear hacia el cementerio moro,
pero una sirena y un grupo de hombres jadeantes reclamaron presurosos a
Leret. Volvieron al barco y el capitán Leret corrió a su puesto sin
tiempo de despedirse de su familia. Sonaron disparos. Eran las seis de
la tarde y comenzaba la Guerra Civil.
La primera crónica
Carlota O'Neill no volvió a ver a su marido. Al ser verano, gran parte
de la oficialidad estaba de vacaciones y los insurgentes tomaron la
base. Leret fue detenido, y Carlota, sus hijas y Librada Jiménez, la
criada, quedaron en manos del sustituto de su marido, el rebelde capitán
Soler. Desesperada, sin más noticias que las que le daba un marinero
del grupo detenido, que, custodiado por otro del bando insurgente, les
llevaba agua, Carlota O'Neill se puso a escribir la primera crónica
sobre la Guerra Civil. Escritora y periodista. Lo que ignoraba es que
ella también estaba bajo sospecha, y que ella y su familia se habían
quedado aisladas.
Un alférez de Aviación que no había sido apresado por estar el 17 de
permiso, le ofreció su casa en Melilla para ella y sus hijas. No podían
continuar en la draga. El 22 de julio llevaron a las niñas a la casa
acompañadas por un chófer de la base, pero la criada y ella fueron
detenidas al volver a por el equipaje. Un abogado de Melilla, Manuel
Requena, advirtió al chófer que O'Neill no tenía salvoconducto para
viajar a tierra. Llevaron a ama y criada a la comandancia militar y de
allí las trasladaron presas al fuerte de Victoria Grande. En la causa
que se le abrió se decía que era "en extremo peligrosa", basándose
en el borrador de la crónica que encontraron en el barco y en sus
colaboraciones (sobre cultura) en La Libertad y La Linterna. Aunque quedó
absuelta por falta de pruebas, siguió presa "por orden
gubernativa". La criada corrió su suerte. Así arranca Una mujer
en la guerra de España, un relato sobre la represión y la malvada
necedad de los insurgentes.
Su hija, Carlota Leret, asegura que su madre se movía en ambientes artísticos
y progresistas, pero no estaba vinculada a ningún partido. Aunque fue
de las primeras mujeres afiliadas a Izquierda Republicana, luego se
apartó. Hija de Enrique O'Neill y de Regina Lamo, colaboradora de Luis
Companys y escritora, una de sus hermanas fue Enriqueta O'Neill, madre
de Lidia Falcón. Carlota O' Neill formaba parte de la generación de
republicanas progresistas: Federica Montseny, Margarita Nelken, Regina
Opiso, Magda Donato, Isabel Oryázabal... "Se nutría de 'todo lo
nuevo", dice su hija. Antes de la guerra había escrito ya tres
novelas (la primera en 1924), dos de ellas en una editorial vinculada a
Montseny.
Pero en el verano de 1936 su vida entró en una nueva dimensión. En
cierto modo acabó. Estuvo cinco años en la cárcel. Junto a
prostitutas, junto a jóvenes obreras. O'Neill narra las vidas de estas
mujeres con las que apenas tenía nada que ver hasta encontrarlas en
aquel almacén humano. Narra el hacinamiento, la sarna, los jergones
manchados, la falta de ventilación en verano, el frío del invierno a
través de aquellos ventanucos mal cerrados. Narra, sobre todo, una
variedad de perfiles humanos y todas las secuencias de la cárcel:
miedo, miseria, solidaridad. Su testimonio, inicialmente subjetivo,
acaba siendo un relato coral.
Ya en la cárcel, supo que a su marido lo habían fusilado. Ella misma
fue sometida a dos consejos de guerra. Su suegro, el coronel franquista
Carlos Leret, fue quien ensució su nombre acusándola de extremista y
atea. En vez de echar en cara a los suyos la muerte de su hijo, atribuyó
a su nuera sus ideas republicanas. Mientras la madre se hundía en la cárcel,
el abuelo paterno internó a las niñas en un inhóspito colegio para huérfanos
de militares en Aranjuez (Madrid).
O'Neill salió libre en 1941. Su criada, un poco antes. La batalla para
recuperar a sus hijas fue ardua. Su suegro las encomendó al Tribunal
Tutelar de Menores para arrebatárselas. Cuando logró que se las
dieran, residieron juntas en Barcelona. O'Neill trató de sobrevivir
publicando cuentos y críticas musicales en diferentes publicaciones con
el seudónimo de Laura de Noves y ocasionalmente como Carlota Lionell.
Viaje a Venezuela
En 1949, la madre y las hijas emigraron a Venezuela. Allí, O'Neill
trabajó en prensa y adaptó teatro para la radio. En 1953 se trasladó
a México, país vinculado a su familia, y optó por la nacionalidad
mexicana. "Me parece que he escrito este libro más de dos
veces", reconoce en el prólogo de Una mujer en la guerra de España.
"Lo tuve escondido, allá en España, bajo tierra, envuelto en
hule; también estuvo en un horno apagado, pero su destino era el fuego.
A él fue a parar empujado por las manos que temblaban de mis dos hijas
y mías cuando la Falange empujaba la puerta de nuestra casa",
evoca. La versión final se publicó en México en 1964 con el título
de Una mexicana en la guerra de España. En España se dio a conocer en
1979 (Turner) y recientemente en Oberón. Afincada en México hasta el
final, allí publicó Romanza de las rejas y Los muertos también
hablan, además de varias obras de teatro: Circe y los cerdos, Cómo fue
España encadenada y Cinco maneras de morir. En su recámara se
encontraban dos esculturas, el Árbol de la Vida y Cuatlicue, la diosa
de la muerte. Cuando falleció, sus hijas esparcieron sus cenizas en la
cima del Popocatepetl.
Virgilio Leret, inventor del motor de reacción
LA PASIÓN POR VOLAR llevó al capitán Virgilio Leret a concebir un
motor de aviación "destinado a revolucionar las alas del
mundo". El 28 de marzo de 1935 presentó a Industria la solicitud
de patente de "un turbocomprensor de reacción continua, como
propulsor de aviones, y en general de toda clase de vehículos". El
2 de julio se le concedió la patente de invención.
En junio de 1936 se empezó a hacer el modelo en pruebas en los talleres
aeronáuticos de la Hispano-Suiza, en Madrid. Pero vino "el
levantamiento de Franco y sus generalitos. Todo al diablo", escribe
O'Neill.
Sin embargo, la memoria y los planos no se perdieron. Estaban junto a
las pertenencias del capitán fusilado en una maleta que entregaron a su
viuda. La maleta llegó a la cárcel de Victoria Grande. Cuando la viuda
descubrió los planos, se dio cuenta del peligro que representaba que
cayeran en manos franquistas.
Las presas guardaron el secreto. Gracias a Ana, la recadera que gozaba
de la confianza de los funcionarios, los planos salieron de la cárcel.Una
presa obrera condenada a 30 años introdujo un papelito con este mensaje
en la muda sucia que recogía su hijo dos veces por semana: "La señora
Ana te va a meter el próximo lunes, junto con la ropa sucia, papeles
que son muy importantes. Tu recoges el bulto (...) y lo llevas a los
abuelos. Que los pongan en lugar seguro para que doña Carlota, cuando
salga en libertad los recoja". Así fue. Ahora, la hija de Leret
reivindica la patente de su padre.
Dos libros recientes buscan la huella de la mujer en Melilla y recuperan
el paso por la cárcel de Carlota O'Neill. Las heridas de la historia (Bellaterra),
de Vicente Moga, rastrea en las sombras de la Guerra Civil. Mujeres en
Melilla, editado por el sindicato SATE-StEs, recuerda, entre otras, a
Carmen Conde y Carmen de Burgos, y a pioneras de la educación como
Obdulia Guerrero y Aurelia Gutiérrez-Cueto Blanchard, fusilada en
Valladolid.
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