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Artículo extraído
de su libro "Maquis: La Guerrilla Vasca (1938-1962)"
(Editorial Txalaparta)
Para los historiadores franquistas no
existió guerrilla en las Vascongadas o Navarra. Ni para Eulogio Limia,
ni para Francisco Aguado ni para Comín Colomer hubo una Agrupación
Guerrillera de Euskadi. En realidad, aunque menos activos que en otras
regiones, los maquis también actuaron en el País Vasco.
En agosto de 1944 se organizó una
Brigada Vasca en el seno de la Unión Nacional Española. La decisión
la tomaron en Pau, en el recién incautado consulado franquista, el
general Fernández (comandante de la Agrupación Guerrillera de la UNE),
el comandante Vallador (jefe de la División de los Bajos Pirineos) y
Victorio Vicuña, alias "Julio Oria".
Este es su testimonio: "Cuando
fracasó la operación “Reconquista de España” cambiamos de táctica.
Suspendimos la operación, pero no la lucha armada ni el intento de
introducir fuerzas armadas en España.
La nueva Dirección, en lugar de
buscar un frente inmóvil, que estratégicamente era un error,
buscaría meter pequeños grupos guerrilleros, armamento y
cuadros políticos escogidos (...) Pensábamos que el Régimen
se estaba tambaleando y que un esfuerzo de nuestra parte sería
suficiente para derribarlo. Preparamos la Brigada Vasca para
que entrase en pequeños grupos que fuesen la base de los
destacamentos guerrilleros que actuasen en las zonas montañosas
de Euskadi. Un grupo políticamente plural, que dominase el
idioma y la geografía, para facilitar el contacto con los
hijos del país.
Esta idea la tomamos Luis Fernández,
que como bilbaíno conocía la situación del País Vasco y
yo, que tenía en la cabeza cómo había fracasado nuestra
primera incursión en España, dos años antes en Lérida,
algo tan simple como porque nadie del grupo sabía catalán.
El caso es que pusimos a un miembro de Acción Nacionalista,
Ordoki, como jefe de Brigada y a un comunista de Irún,
Esparza, como instructor político.
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Les dimos las mejores
armas, los mejores equipos de origen alemán, por los que muchos
habían dejado su vida luchando y los mandamos para el
aprendizaje a Sauveterre de Bearn. Y de la noche a la mañana
desaparecieron sin decir nada, llevándose las armas y los
camiones. Tenían que haber hablado como hacen los hombres, con
limpieza y claridad, pero se fueron como hacen los ladrones,
apoyándose en la oscuridad de la noche para irse a Burdeos y
ponerse a las órdenes del coronel Druilhe, del Ejército francés.
Allí hubo mucho oportunismo político, falta de lealtad y
nosotros nunca hemos hablado de ello.
Lo cierto es que, desde el
verano, agentes del PNV habían realizado una labor de zapa
entre los guerrilleros, convenciéndoles de que debían salir
del maquis español, por el bien de Euskadi. El lehendakari
Aguirre, atado de pies y manos a Washington, no podía dejar
vascos en las garras del comunismo moscovita. En diciembre se
fueron con los franceses, a excepción de 17. Este hecho provocó
una de las mejores frases de la II Guerra Mundial: Vicuña acudió
a Burdeos, a quejarse de “la deserción” al coronel Druilhe.
Este apoyó a los vascos y a los anarquistas del Batallón
Libertad, que también habían abandonado la UNE. Y amenazó a
los maquis españoles. Vicuña le respondió: "¿Nos
amenaza? ¿Pero de verdad cree usted que, si no hemos tenido
miedo de los alemanes, se lo vamos a tener a ustedes?"
El caso es que la pérdida de un centenar de guerrilleros dejó
casi en cuadro el dispositivo que debía actuar en las
Vascongadas. Aún así, de noviembre de 1944 a junio de 1945,
pasaron 40 maquis en pequeños grupos. El último cayó en 1951,
cuando Francisco Echeverría, "el rubio de Aranaz",
cercado por la Guardia Civil, se suicidó en Oiartzun. No hay
espacio aquí para relatar todas sus andanzas pero, como botón
de muestra, esta es la historia del primer grupo, once valientes
– diez hombres y una mujer – que desembarcaron en noviembre
de 1944:
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Punto del
primer desembarco guerrillero, en Fuenterrabía,
en una pequeña
cala junto al Faro.(Extremo derecho de la panorámica)
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La llegada del primer
grupo
La noche del 18 al 19 de noviembre se produjo la primera
incursión de la Agrupación Guerrillera de Euskadi: el
desembarco en Hondarribia del grupo inicial. Lo mandaba Pedro
Barroso, de Segovia y lo constituían el valenciano Alfredo Gandía;
el hernaniarra Marcelo Usabiaga; Javier Lapeira, de Bilbao y
Regino González, vecino de Donostia.
Al día siguiente, siguiendo el mismo
itinerario, llegaron el eibartarra Víctor Lecumberri; Nicolás
Chopitea, de Abanto; José González; Esteban Huerga; Manuel Micón
y la zaragozana Victoria Castán. Pertenecían a la 102 División
y todos eran veteranos del maquis, salvo Usabiaga, Chopitea y
Lapeira, que acababan de huir de España.
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Se les había incluido en el grupo
a petición de Ramón Ormazábal, que los consideraba personas idóneas
para reorganizar el PC de Euskadi. Su armamento consistía en 11
subfusiles, 11 pistolas, 33 cargadores y una veintena de granadas. Todos
portaban cédulas personales, salvoconductos y fotos. Barroso guardaba
consigo un listado de nombres y direcciones sin cifrar de elementos
antifascistas con los que pensaba contactar. Un guerrillero nacionalista
convaleciente en Sara de las heridas recibidas durante la invasión de
Navarra había facilitado a los guerrilleros comunistas las identidades
de los responsables de Eusko Naya (la inactiva resistencia nacionalista
vasca), asegurando que podrían ayudarles.
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Habían embarcado en
Hendaia y tomaron tierra en Jaizquíbel. Los trasladó un
contrabandista, Bernardo Zamora Iriarte Beñat, contratado por
mediación del comandante de la Brigada Vasca, Kepa Ordoki. El
viaje había costado 11.000 pesetas de la época, 1000 por
cabeza. Durante el desembarco sucedió un hecho aparentemente
trivial que tuvo posteriormente gran trascendencia: la pérdida
de un cargador de una metralleta Sten.
Los maquis se refugiaron
temporalmente en un caserío de Irún. Ante la falta de puntos
de apoyo en la villa fronteriza, contactaron mediante una joven
de la casa con José Aguilar, un comunista de Irún que les
proporcionó una dirección en Donostia. Llegados a la capital,
no les permitieron pasar la noche en la citada vivienda.
Intentaron infructuosamente pernoctar en otros tres domicilios y
finalmente, les acogieron en la residencia de los tíos de
Regino González. Barroso, Lapeira y Gandía se trasladaron a
Bilbao para establecer contactos. El grupo que desembarcó la
noche siguiente también se dispersó: Lecumberri se desplazó a
Eibar y Chopitea a Vitoria.
En Santurtzi, Barroso se entrevistó con Ormazábal, delegado
del Partido en Euzkadi, que le pidió ayuda para arrebatar el
control del Partido a Luisillo. Barroso se negó porque sus
instrucciones eran realizar funciones militares y no implicarse
en cuestiones políticas. Durante la siguiente reunión, tanto
él como Ormazábal fueron prendidos por la Policía en la calle
San Francisco.
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Mientras
tanto, un soldado del Fuerte de Guadalupe ha encontrado el
cargador y se lo ha entregado a un oficial. Éste ha alertado a
la Brigada Político Social de Irún. La Policía, al mando del
comisario Melitón Manzanas, ha localizado el caserío y
detenido a Aguilar. Éste se derrumba durante el interrogatorio
por las torturas, y confiesa la dirección que facilitó en
Donostia. Los policías reconstruyeron el itinerario de los
guerrilleros por la capital y finalmente llegaron al piso de los
tíos de Regino. Allí capturaron a tres maquis, y los días
siguientes apresaron en Gipuzkoa a 20 hombres y mujeres entre
guerrilleros, enlaces y cuadros. En Vizcaya cayó la dirección
de la zona fabril y bastantes militantes. Chopitea fue detenido
en Vitoria y Lecumberri en Eibar. Del grupo, sólo Gandía pudo
escapar. La aprehensión del listado de Barroso facilitó la
labor de la Policía y provocó detenciones de muchos
nacionalistas vascos y socialistas.
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Hay que resaltar en honor de los
guerrilleros que las personas con quienes contactaron y que no
figuraban en el listado no fueron detenidas. Y eso, pese a las
palizas de rigor, que se cebaron especialmente en Barroso y
Lapeira. Durante el juicio, la aparición de una nómina resultó
providencial para la mayoría. Barroso, como comandante, fue
condenado a muerte y fusilado. Lapeira, por la agravante de
haberse resistido a la detención, también fue sentenciado a la
pena capital. Pero los demás, que figuraban como simples
soldados en la nómina, tuvieron penas de veinte años y un día.
Gandía se reunió con Mateo Obra y
Luisillo para reunir camaradas con los que iniciar la lucha
armada. En marzo, visto lo infructuoso de sus intentos, Obra fue
trasladado a los Picos de Europa y Gandía regresó a Francia
por decisión propia. El valenciano intentó justificar su
vuelta ante la Dirección y señalar culpables del fracaso de la
operación, apuntando hacia Chopitea y Usabiaga. En la prisión
de Ondarreta, Barroso, Lapeira y Usabiaga también realizaron un
informe en el que explicaban las causas de su caída: la pérdida
del cargador y el contacto con Aguilar, que no pudo soportar las
torturas y les denunció. En realidad, el deambular nocturno del
grupo por Donostia a la búsqueda de un lugar donde dormir
apunta hacia la verdadera causa de su fracaso: la inexistencia
de puntos de apoyo.
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Francisco
Aguado
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El comandante Aguado relata así los
hechos: "En la madrugada del 21 de noviembre de 1944,
tuviéronse noticias de que en las inmediaciones del caserío de
Mendeluazpi, habían estado durante unas horas cuatro hombres y
una mujer. Todos procedían de Francia. Cruzada la frontera se
habían tomado un descanso, con orden de internarse a continuación
en territorio español. Sin embargo, los servicios de información
funcionaron con rapidez y la Policía pudo dar con su escondite
en San Sebastián tres días después. En primer lugar estaba
Usabiaga, de profesión perito mercantil, como cerebro del
grupo; luego un segundo apellidado González, muy idóneo para
la agitación-propaganda; el tercero de oficio mecánico, poseía
alguna experiencia en la preparación de artefactos explosivos;
el cuarto actuaba como elemento auxiliar. En cuanto a la mujer
Victoria, además de servir de amiga, actuaba como difusora de
la propaganda y para la acción proselitista.
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La investigación policial llegó
hasta la casa que servía de cobijo a los infiltrados y por consiguiente
había de contarse con algunos elementos conocedores de la frontera para
la feliz realización de los pasos clandestinos. Esta labor estaba
encomendada a otros dos elementos y a una mujer de nombre Benigna. Todos
los infiltrados eran de notoria filiación comunista y poseedores de
abundantes notas y direcciones para tomar contacto con nuevos
adherentes, sobre los que realizar la preparación política eficiente.
No obstante, la rápida captura del grupo impidió a sus componentes
poner en marcha un plan de “guerrilla urbana” siguiendo las órdenes
del Partido. Se supo al detalle la entrada de otro grupo “destinado a
Bilbao” y que, agazapado en algún lugar seguro, aguardaba un momento
propicio para enlazarse con el de San Sebastián y coordinar las
acciones terroristas. Detenidos por la Policía, se anuló así el
primer intento de lucha terrorista en las zonas urbanas del Norte."
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Subfusil
Sten MK, de origen Británico, arma muy utilizada en los
comienzos del "maquis" español
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Marcelo Usabiaga recuerda aquellos hechos:
"En el reparto de funciones del grupo que iba a actuar no
se sabe dónde, si en Vizcaya, en Guipúzcoa o en Asturias,
Barroso era el comandante, yo venía como jefe de agi/pro,
Lapeira como técnico de organización... Eso se decidió en una
reunión en el Hotel Bristol de Pau. No había absolutamente
ningún objetivo. Yo en las reuniones estaba totalmente
cohibido. Exteriormente decía que sí, pero interiormente... Lo
único de lo que se habló era de que habría que atracar bancos
para conseguir fondos, porque no traíamos un céntimo. Al último
que vi en Francia antes de volver fue a Ordoki, que fue a
despedirme cuando montaba en la lancha. Y me dijo, luego se lo
he recordado y también me lo ha recordado él: “Me parece que
esta es una aventura que va a salir mal”.
Barroso llevaba un listado de
direcciones sin cifrar y otros papeles. Y la vida está llena de
casualidades, porque cuando la detención esos papeles me
libraron. Cada uno llevaba un naranjero con cargador, una
pistola y en la mochila, dos cargadores más y dos bombas de piña.
La caída fue porque el cargador se cae, rastrean, encuentran el
caserío donde hemos estado y cometí la torpeza, confiado
absolutamente en la fortaleza física y moral de Pepe Aguilar,
combatiente de toda la vida, de absoluta confianza conmigo,
luchador.
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Estábamos en el caserío y el
contrabandista nos iba a traer un taxi para llevarnos a la cuesta de
Aldapeta, en San Sebastián. ¿Pero allí qué? Barroso tenía una lista
y le dije: “Conozco en Irún a José Aguilar”. Y Barroso me dijo que
era el jefe de la guerrilla en Irún, que lo tenía apuntado, pero que
no sabe dónde vive. “Pues yo sí”. “Pues llámale”. Mandamos a
la chica del caserío a buscarle. Dormimos allí. Y al día siguiente, a
las dos de la tarde vino José Aguilar. Él se comprometió a buscarnos
un piso en San Sebastián, la casa de Lirio. El contrabandista vino con
el taxi y subimos cinco compañeros al piso de Lirio, en el barrio de
Amara.
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Él ya estaba avisado por Aguilar y me
dijo que no podía quedarme. Y eso, a las once de la noche,
cinco tíos con una pistola en el bolsillo cada uno, en San
Sebastián. Entonces quedamos en que, como Lapeira, Barroso y
Gandía se iban a Bilbao, para poder contactar nos enlazaríamos
a través del bar de un tal Arjanaute, en la plaza del Buen
Pastor, frente al lado del Koldo Mitxelena. Arjanaute había
sido comandante del Batallón Meabe, de la JSU, y yo le conocí
en Bilbao, cuando estaba en la ejecutiva de la JSU. Me había
relacionado con él cuando estaba en el destacamento de Arrona.
Quedé en que le comunicaría donde nos quedábamos para que los
avisase cuando volvieran.
De allí fuimos a la calle Campanario,
una dirección que también tenía Barroso, de un chico que había
pasado a Francia. Les explicamos que veníamos escapados y nada.
Desde allí acudimos a la dirección de una camarada del Partido
que yo conocía, en Sagües. Todo esto ya serían las doce de la
noche. Y el contrabandista con nosotros, porque se había
quedado con las armas en Hondarribia y no podía perdernos la
vista si queríamos contactar posteriormente.
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Entonces Regino González, cuyos tíos
vivían en San Sebastián, a la vista del panorama que hay y que no
podemos quedarnos en ningún piso, nos dice que va a hablar con su tío,
que vive en la calle San Martín, cerca del Buen Pastor. A las doce, los
cinco tíos esperando abajo. Al final allí nos quedamos él y yo. Beñat,
cuando íbamos a despedirnos, me dijo que ya no volvía. Se intuía
algo, quizá la chica del caserío le dijo algo... No sé, se olía
alguna cosa. Se fue a Francia, a Hendaya, a una dirección que conocíamos
y quedamos en que le avisaríamos cuando pudiéramos ir a recoger las
armas.
Al día siguiente fui al bar de Arjanaute. Me dijo: “Vamos a
pasear, que aquí está mal hablar”. Fuimos a pasear hasta cerca de La
Brecha y me dijo que “a santo de qué le metíamos en esa cuestión,
que él no quería complicarse en cuestiones de bombas y metralletas,
pero que contactaría con Lapeira”.
En fin, que como no había sitio para quedarnos en San Sebastián,
tuvimos que quedarnos en casa del pariente de Regino, que era hacerle
una buena faena. Infraestructura nula, eso me desesperaba. Y se lo decía
a Barroso en la cárcel y no me entendía. Pero el problema de la
detención fue que no podías perder el contacto con el contrabandista
ni tampoco con los que habían ido a Bilbao. Mientras, la Policía ha
localizado el caserío, ha localizado a la chica y a Pepe Aguilar. Y
Pepe les pone en la pista del piso de Lirio. Y Lirio sabe nuestra
dirección para dársela a los que tenían que contactar con nosotros. Y
así caímos.
La Caída del grupo
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Lapeira vino de Bilbao, habló con
Arjanaute y apareció en el piso a las cuatro. Nos dijo cómo
habían andado por Bilbao, quedamos de nuevo a las nueve de la
noche y salió para hacer una gestión. Le dije que fuera
puntual. La Policía entró a las ocho y media siguiendo la
pista de Lirio. ¡Y yo sabía que a las nueve venía! Era Melitón
Manzanas, que me conocía muy bien de antes de la guerra, y otro
que tenía un obrador en Irún. Y tuvimos la mala suerte de que
nos iban a llevar a las ocho y media pero, entre los tíos de
Regino, la prima, nosotros dos y cuatro policías no cabíamos
en el coche. Y le dijo al chófer: “¡Vete a la Avenida y coge
dos taxis!”. Y en ese crítico momento llega Lapeira, no ve
nada raro, sube al piso y le enganchan. Si tarda un cuarto de
hora, no nos encuentra y se salva. Y si viene cinco minutos
antes, ve el coche de la Policía ahí al lado y se larga. De la
caída del segundo grupo no sé detalles, pero fue un desastre
aquello. Cayeron montones de personas que no eran colaboradores
activos, ni enlaces, sólo amigos, conocidos que habían hablado
con nosotros.
Manzanas nos frió a preguntas a Regino,
a Lapeira y a mí. Luego nos llevó a la Comandancia Militar, de
la Avenida de Francia. Como Irún estaba quemado, cuando me
sacaron de la comisaría de la calle Aduana y me llevaron atado
por todo el paseo Colón a las tres de la mañana, estaba seguro
que me iban a fusilar. Además, al salir, Manzanas les dijo a
los dos policías armadas: “¡A éste, ya sabéis, a la mínima,
fuego!”. Estaba seguro de que iban a darme el paseo.
Convencido de que me llevaban a Plaiaundi, a darme "el
paseo".
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Pasado el primer susto, en la
Comandancia Militar estuve repasando mentalmente cómo habíamos caído.
Me habían hecho descalzar y me pisaron los pies. Yo no dije ningún
nombre, porque a partir de Arjanaute podían haber cogido a más gente.
A mí no me apretaron mucho, esa es la verdad, porque pensaron que los
enlaces los tenía el que había ido a Bilbao. Pero la paliza a Lapeira
fue de abrigo. Y tampoco dijo ningún nombre.
Estando allí, llegó la visita del coronel Ibáñez, que era el segundo
jefe de fronteras, conocido de mi tía Rosa. Tenía amistad con él y le
avisó. Entró en la habitación y se puso fuera de sí: “¡Estás
loco! ¡Estáis locos! ¿Qué cojones venís a hacer aquí? ¡Te va a
costar caro esto! Me ha dicho tu tía que venga a verte, pero no te voy
a dar ningún optimismo, ¿eh? ¡Estáis perdidos! Van a hacer un
consejo sumarísimo en 48 horas y os fusilan. Ya sabéis que yo no soy
fascista, no soy de Falange, soy monárquico de toda la vida,
pero...”. Y yo acojonado allí.
Luego me llevaron a la cárcel de Ondarreta. Me llamó el director,
Ramón Otalora y Barrientos, a quien conocía de Valencia, porque era
inspector cuando yo estuve condenado en San Miguel de los Reyes, en
1939. Me llamó al despacho. Cuando yo me fugué de Arrona, dependía de
Ondarreta. Y me llevaba conducido el jefe de servicio, Echarte, un
navarro de Pamplona, buena persona, que había sido jefe del
destacamento. Conmigo se portó muy bien y me decía “En buena te has
metido. ¿Cómo se te ocurre venir aquí?”. Y el Director le dijo:
“A éste llévele usted al último rincón de la cárcel, al último
agujero, donde no vuelva a ver el sol, para que se pudra allí”. Y me
llevaron a una habitación donde había ataúdes. ¡Joder, que volví a
pensar que me pegaban un tiro!
Durante el proceso judicial, en la celda, mi problema era si podría
morir valientemente. En mi celda, ensayaba la pose que iba a poner ante
el pelotón. Todo el día en la celda, sin tener qué hacer. Nos defendió
en el jucio un conocido militar de Irún, que luego se ha hecho jesuita.
Estaba convencido de que no había
solución, porque habían fusilado por mucho menos. Cuando el juicio,
resultó que uno de los venidos de Francia, y te aseguro que yo no,
llevaba, asómbrate, la nómina con los nombres de los once, firmada por
cada uno, con lo que cobrábamos en francos. ¿Tú crees posible eso? Y
nos salvamos porque ponía: “Barroso, comandante; Gandía, capitán;
Regino, teniente; Usabiaga, Lapeira, Chopitea, soldados...”. Y, claro,
la salvación: “Yo, desde luego, soldado. Yo hacía lo que me decían
los jefes”. Si en el expediente o en las declaraciones se llega a
descubrir que yo venía como jefe de agi-pro y Lapeira como secretario,
otro gallo nos cantaba. Y esa fue la atenuante. Al final, pena de muerte
para Barroso y Lapeira, éste con la agravante de “resistencia a la
autoridad”, porque cuando le detuvieron abrió la puerta la prima de
Regino, pero Manzanas estaba escondido detrás con la pistola y Lapeira
se llevó la mano a la pistola del bolsillo. Todo muy exagerado. Todos
los demás, 20 años y un día de cárcel. También había acabado la
guerra, y quizá Franco no podía seguir fusilando a mansalva. Pero eso
es difícil de saberlo ahora, porque en 1945 se fusilaron a montones de
personas.
El 30 de noviembre, a causa del listado de Barroso, la represión
policial cayó sobre Eusko Naya. Fueron arrestados numerosos
nacionalistas, sobre todo en Vizcaya, y otros tuvieron que escapar a
Francia. También consecuencia del apresamiento del primer grupo, fue la
detención en San Sebastián de una red establecida en septiembre para
conseguir salvoconductos y documentación. Un policía, fingiéndose
maquis recién llegado del exterior, se presentó al contacto José
Esquizabel, dueño de un bar. A partir de él fue arrestado Alejandro Irízar,
secretario del Ayuntamiento de Ormaiztegi, que conseguía impresos
oficiales y papel timbrado merced a su puesto.
Según Francisco Aguado, también
cayeron varios enlaces y dos maquis recién llegados de Francia:
"En diciembre del mismo año (1944), prodújose en San Sebastián
la desarticulación de uno de estos dispositivos de paso, que había
sido preparado minuciosamente desde hacía algún tiempo. De esta forma,
los pasos por la frontera guipuzcoana quedaron “quemados” por algún
tiempo. Más tarde volverían a establecerse para alimentar el
bandolerismo de Galicia, Asturias o Santander."
* El presente trabajo está extraído del libro “Maquis. La guerrilla
vasca 1938-1961” de editorial Txalaparta.
Notas:
(1) PONS PRADES, E.: Guerrillas españolas 1936-60.-
(2) ARASA, Daniel: Años 40. Los maquis y el PCE.-
(4) F. AGUADO: El
Maquis en España
*Colaboración del profesor
Mikel Rodríguez Álvarez
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