Reflexiones para el 14 de abril acto Zutik-Antikapitalistak.

 

REPUBLICANISMO POLÍTICO: UNA CUESTIÓN DE VALORES Y DE CIUDADANÍA.

Me ha tocado dirigirme a vosotros y vosotras para hablar brevemente del republicanismo político, y, claro, yo pretendo ir más allá de una definición “estándar” de la cuestión para añadir la idea de que debe ser tomada como una alternativa radical. 

Es decir, no quedarnos en algo así como “El Republicanismo es la teoría política que propone y defiende la república como el modelo de gobierno óptimo, fundamentado en la ley emanada de la voluntad popular y a la que queda sometida cualquier gobierno legítimo”. 

Porque, además, esta definición en sí misma puede sujetar también sistemas autoritarios o simplemente democráticos en algunas de sus apariencias (como el nuestro, sin ir más lejos). Quisiera hablar, por lo tanto, de lo necesario para alcanzar el republicanismo político radical.

Así que no me voy a centrar en la historia del republicanismo en general y de la experiencia española en la Primera y Segunda República.

Ni siquiera en el rechazo a la Corona (cuestión obvia por ser fiel reflejo de lo que no tiene nada que ver con la democracia) o la necesaria recuperación de la memoria histórica, cuestiones todas ellas a las que otros compañeros/as van a hacer referencia.

No, yo lo que quiero es volver a subrayar un día como hoy algo tan aparentemente repetido pero tan ninguneado en la práctica como la cuestión de la ciudadanía y de los valores republicanos, sin los cuales los ideales de libertad, igualdad y fraternidad o los derechos humanos nunca tendrán resultados prácticos más allá del papel que los sujeta.

Por lo tanto, ciudadanos y ciudadanas que aquí nos encontramos, quiero defender este 14 de abril:

Que republicanismo es más que ir contra la monarquía y más que defender una forma de gobierno determinada.

Que ser ciudadano y ciudadana supone poder participar y deliberar sobre todos los asuntos que nos atañen, no en vano República viene del latín “res publica” (la cosa pública, los asuntos de la comunidad). Y para ello necesitamos poder ser algo más que meros elementos de consulta electoral, necesitamos las formas de democracia directa y de participación. Sólo un empoderamiento de la ciudadanía garantizará nuestra verdadera participación. 

Esto debe interpelar también a los partidos y agentes socio-políticos para que reflexionen y actúen en relación a los daños que está causando la profesionalización de la política y el alejamiento de la ciudadanía de las tomas de decisión; aboguemos por una relocalización de la política en la base y en lo cercano.

Que la libertad no es ningún tipo de concesión y la ley está para garantizarla, no para ningunearla o adecuarla a los privilegios económicos o de clase. Cómo se dijo en la Revolución francesa: “¡Que importa que la Ley rinda un homenaje hipócrita a la igualdad de derechos si la más imperiosa de todas las leyes, la necesidad, fuerza a la parte más sana y numerosa del pueblo a renunciar a ella!”. 

¿Y no es a caso una libertad constreñida la que obliga hoy a que multitud de personas no tengan techo digno o trabajo adecuado mientras otros acumulan y especulan? ¿No es a caso un fraude otorgar privilegios de forma legal por motivos que nada tienen que ver con la libertad con la excusa de la legalidad o de una paz social que más se asemeja a un muro de silencios?

Y relacionado con lo anterior, que la igualdad supone, por lo tanto, la exigencia de justicia social, redistribución y el fin de los privilegios. En este sentido, la laicidad no es sino una expresión de la igualdad.

Que la fraternidad es un elemento de coherencia y exigencia ética centrada en la solidaridad entre las personas y los pueblos.

Ya sé que he dicho que no iba a hablar de la II República, pero sí quiero permitirme plasmar el sencillo pero certero texto de una octavilla de mano conservado en el Archivo de Memoria Histórica editada en la imprenta Gutemberg de Guadalajara el 31 de Mayo de 1931 y que dice así: 

“Quien ama la justicia sobre todas las cosas no hace daño a nadie; respeta los derechos ajenos y hace respetar los propios. 

Quien rinde culto a la dignidad, se lo rinde a la libertad y la igualdad; ni avasalla a nadie, ni por nada se deja avasallar; ni reconoce primacías innatas, ni acata privilegios infundados”. 

Pero es más, igualmente habla de “consumir menos de lo que se produzca, para crecer así los bienes de la Patria y de la Humanidad” y en otro apartado insta a vedar “todas las explotaciones del hombre por el hombre, y todas las protecciones legales consistentes en aumentar los provechos de unos a costa de los bienes de otros”.

¿Alguien puede negar su traslación a la situación actual?

Bien, pues expuestas estas ideas muy brevemente, es legítimo y necesario preguntarse por el republicanismo y el capitalismo.

Un sistema que propugna los privilegios, propicia el alejamiento del individuo y los colectivos hacia la toma de decisiones, utiliza la ley a su antojo, pone al beneficio económico y el crecimiento por encima del ser humano y es ecológica y socialmente dañino es precisamente todo lo contrario a los valores republicanos que hemos recordado.

Pone en solfa la libertad, la igualdad y la fraternidad y es caldo de cultivo para cercenar los derechos humanos.

Podemos decir, compañeros y compañeras, que el capitalismo y el neoliberalismo son un obstáculo para la república. Diría más, son antirrepublicanos.

Y es a entidades sociales y políticas como las que estamos aquí a quienes nos toca asumir la responsabilidad de poner de nuevo en el centro esta cuestión, impulsarla y ser coherentes. 

Hacer que la ciudadanía y los valores republicanos imbriquen nuestras propuestas y nuestras acciones y otorgar cauces de participación reales.

Eutsi gogor!!!    Salud y república, compañeros y compañeras.

Iñaki Valentín.

14 de abril.

 

 

14 DE ABRIL: REPUBLICANISMO, UNA CUESTIÓN DE VALORES Y DE CIUDADANÍA.

Hoy, 14 de abril, volvemos a poner sobre la mesa, por motivos obvios, la cuestión republicana y su vigencia. Una definición “estándar” del republicanismo diría algo así como que este es la teoría política que propone y defiende la república como el modelo de gobierno óptimo, fundamentado en la ley emanada de la voluntad popular y a la que queda sometida cualquier gobierno legítimo.

Pero esta “definición” ha demostrado que puede sujetar también sistemas autoritarios o simplemente democráticos en algunas de sus apariencias (como el nuestro, sin ir más lejos) alejándose de las ideas radicales que el republicanismo implica.

No nos centraremos aquí en la amplia historia del republicanismo en general y de la experiencia española en la Primera y Segunda República, ni siquiera en el rechazo a la Corona (cuestión obvia por ser fiel reflejo de lo que no tiene nada que ver con la democracia) o la necesaria recuperación de la memoria histórica, cuestiones todas ellas a las que otras personas les dedican debates y artículos e gran calidad y profundidad.

No, lo que pretendemos es volver a subrayar un día como hoy algo tan válido en nuestra realidad pero tan ninguneado en la práctica como la cuestión de la ciudadanía y de los valores republicanos, sin los cuales los ideales de libertad, igualdad y fraternidad o los derechos humanos que representan la bandera tricolor que muchos llevamos en la solapa nunca tendrán resultados prácticos más allá del papel que los sujeta.

Por lo tanto, queremos defender hoy, 14 de abril:

Que republicanismo es más que ir contra la monarquía y más que defender una forma de gobierno determinada.

Que ser ciudadano y ciudadana supone poder participar y deliberar sobre todos los asuntos que nos atañen, no en vano República viene del latín “res publica” (la cosa pública, los asuntos de la comunidad). 

Y para ello necesitamos poder ser algo más que meros elementos de consulta electoral, necesitamos formas de democracia directa y de participación. 

Sólo un empoderamiento de la ciudadanía garantizará nuestra verdadera participación. Esto debe interpelar también a los partidos y agentes socio-políticos para que reflexionen y actúen en relación a los daños que está causando la profesionalización de la política y el alejamiento de la ciudadanía de las tomas de decisión; aboguemos por una relocalización de la política en la base y en lo cercano.

Que la libertad no es ningún tipo de concesión y la ley está para garantizarla, no para ningunearla o adecuarla a los privilegios económicos o de clase. Cómo se dijo en la Revolución francesa: “¡Que importa que la Ley rinda un homenaje hipócrita a la igualdad de derechos si la más imperiosa de todas las leyes, la necesidad, fuerza a la parte más sana y numerosa del pueblo a renunciar a ella!”. 

¿Y no es a caso una libertad constreñida la que obliga hoy a que multitud de personas no tengan techo digno o trabajo adecuado mientras otros acumulan y especulan? ¿No es a caso un fraude otorgar privilegios de forma legal por motivos que nada tienen que ver con la libertad con la excusa de la legalidad o de una paz social que más se asemeja a un muro de silencios?

Y relacionado con lo anterior, que la igualdad supone, por lo tanto, la exigencia de justicia social, redistribución y el fin de los privilegios. En este sentido, la laicidad no es sino una expresión de la igualdad.

Que la fraternidad es un elemento de coherencia y exigencia ética centrada en la solidaridad entre las personas y los pueblos.

Nos permitimos plasmar el sencillo pero certero texto de una octavilla de mano conservado en el Archivo de Memoria Histórica editada en la imprenta Gutemberg de Guadalajara el 31 de Mayo de 1931 y que dice así: “Quien ama la justicia sobre todas las cosas no hace daño a nadie; respeta los derechos ajenos y hace respetar los propios. 

Quien rinde culto a la dignidad, se lo rinde a la libertad y la igualdad; ni avasalla a nadie, ni por nada se deja avasallar; ni reconoce primacías innatas, ni acata privilegios infundados”. 

Pero, es más, igualmente habla de “consumir menos de lo que se produzca, para crecer así los bienes de la Patria y de la Humanidad” y en otro apartado insta a vedar “todas las explotaciones del hombre por el hombre, y todas las protecciones legales consistentes en aumentar los provechos de unos a costa de los bienes de otros”.

¿Alguien sería capaz de negar su validez 80 años más tarde ante la visión y prácticas capitalistas?

Por eso, expuesto lo anterior muy brevemente, es legítimo y necesario preguntarse por el republicanismo y el capitalismo. 

Un sistema que propugna los privilegios, propicia el alejamiento del individuo y los colectivos hacia la toma de decisiones, utiliza la ley a su antojo, pone al beneficio económico y el crecimiento por encima del ser humano y es ecológica y socialmente dañino es precisamente todo lo contrario a los valores republicanos que hemos recordado. 

Pone en solfa la libertad, la igualdad y la fraternidad y es caldo de cultivo para cercenar los derechos humanos. 

Podemos decir, así, que el capitalismo y el neoliberalismo son un obstáculo para la república. Diríamos más, son antirrepublicanos.

Y es a entidades sociales y políticas de transformación social y de democratización como las que representamos, entre otras, a quienes toca asumir la responsabilidad de poner de nuevo en el centro esta cuestión, impulsarla y ser coherentes. 

Hacer que la ciudadanía y los valores republicanos imbriquen nuestras propuestas y nuestras acciones y otorgar cauces de participación reales.

 

Eutsi gogor!!!      ¡Salud y república!.

 

Iñaki Valentín y Mikel Isasi.

(Respectivamente, militantes de Antikapitalistak y Gorripidea-Zutik).

14 de abril.