REPÚBLICA - EJÉRCITO DE EUSKADI.

       Formación del  Ejército de Euskadi, julio 1936 - mayo 1937.

Carlos A. Pérez, 2001.

Una primera versión de este trabajo apareció publicada en el boletín El Miliciano, nº. 11 (1998). Se presenta aquí una  versión ampliada.

 

Milicianos vascos

 

 

1. Las milicias vascas.

El 19 de julio de 1936, ante la rebelión militar, en las provincias de Vizcaya y Guipúzcoa fueron los militantes de las organizaciones políticas de izquierda quienes se lanzaron a la calle y tomaron las armas en defensa de la República, o por lo menos, en contra de los sublevados. 

Las unidades militares de guarnición en San Sebastián no se alzaron hasta el día 21, cuando casi todos confiaban en su lealtad y los primeros grupos de milicianos ya se habían encaminado hacia localidades sublevadas. En Bilbao, por el contrario, el Batallón de Montaña Garellano núm. 6 se mantuvo fiel a las autoridades y conformó la base de la primera columna gubernamental que partió al encuentro de los alzados.

Nada más aclararse la situación, las autoridades gubernativas recibieron del Ministerio de la Guerra en Madrid instrucciones para organizar sendas columnas que desde Bilbao y San Sebastián convergiesen sobre Vitoria, en donde sí había triunfado la sublevación militar desde el primer momento.

 

Las primeras columnas.

Cumpliendo estas indicaciones, el día 20 salió de Bilbao hacia la capital alavesa una primera columna mandada por el teniente coronel Joaquín Vidal Munárriz compuesta por varias compañías del Batallón Garellano, guardias civiles, carabineros, guardias de asalto y miñones, que marchó por la carretera de Ochandiano hasta Villarreal de Álava. 

El bombardeo por parte de un solitario avión Breguet enemigo de regreso de una misión de reconocimiento que sufrió la columna en esta última localidad, provocó la desmoralización de sus componentes y su retirada a Ochandiano. Al día siguiente, partió de la capital vizcaína una nueva columna que se unió a la anterior en esa misma jornada. 

Por último, el 22 de julio salieron de Bilbao dos columnas. La mandada por el comandante Gabriel Aizpuru fue hacia Amurrio y Orduña y estaba compuesta por una compañía de guardias de asalto, algunos guardias civiles y milicianos. La del teniente Justo Rodríguez se encaminó hacia San Sebastián con objeto de participar en el asedio de las fuerzas militares sublevadas; la formaban unos trescientos hombres, en su mayoría milicianos.

En San Sebastián, el día 20, el comandante de estado mayor Augusto Pérez Garmendia organizó la columna que debía llegar a Vitoria a través de Mondragón. Entre los milicianos que mayoritariamente la componían había medio centenar de extranjeros. Al día siguiente, estando ya en Eibar, se le incorporaron unos mil quinientos voluntarios. 

Ante la noticia de la sublevación de la guarnición donostiarra, el comandante Pérez Garmendia dividió a la columna y regresó a San Sebastián con parte de la misma. En la capital fue nombrado por las autoridades republicanas comandante militar de la provincia y organizó el sitio de los cuarteles de Loyola, lugar donde se habían hecho fuertes los militares rebeldes. 

Desde Eibar, el resto de la inicial columna al mando del capitán de miqueletes Eduardo Urtizberea, marchó por Mondragón hasta los puertos de Arlabán y la Cruceta.

El mismo día 20, llegó a Vera de Bidasoa una columna de milicianos procedente de Irún y mandada por el teniente Antonio Ortega, al tiempo que los carabineros de esta localidad se posicionaban en contra del alzamiento militar. Todos estos efectivos abandonaron Vera al día siguiente ante la proximidad de las fuerzas enemigas procedentes de Pamplona. 

Cruzaron el río Bidasoa a través del puente de Endarlaza y tras ocupar posiciones defensivas en la orilla opuesta lo dinamitaron. Con su destrucción bloquearon la vía de acceso más rápida y directa a Irún y la frontera francesa.

El 27 de julio salió de Bilbao una nueva columna formada por una sección de infantería del Garellano, una veintena de guardias civiles y ciento veinte milicianos que partieron en tres autobuses, dos camiones blindados y un automóvil. Debía llegar a Beasáin, localidad amenazada por el avance de los requetés navarros. Pero llegó tarde. Para cuando lo hizo, al día siguiente, ya había caído por lo que se aprestó a defender, también en vano, el pueblo de Villafranca de Oria (actual Ordizia).

 

La distribución inicial de las columnas.

Durante estas primeras semanas las autoridades republicanas fueron paulatinamente sustituidas por una serie de comités locales en los que se daban cita los representantes de los diferentes partidos políticos que se oponían a la sublevación. Es indudable que el protagonismo adquirido por los milicianos ayudó en este proceso. La distribución de los iniciales núcleos de fuerzas configuró las demarcaciones de los tres nuevos organismos más importantes que aparecieron. 

El 27 de julio, un día antes de la rendición de los militares atrincherados en los donostiarras cuarteles de Loyola, se creó la Junta de Defensa de Guipúzcoa con jurisdicción en la capital y zonas aledañas, presidida por el socialista Miguel Amilibia, y cuyas fuerzas mandaron Jesús Larrañaga y Manuel Cristóbal Errandonea una vez hubo desaparecido Pérez Garmendia. 

Además de ésta, en territorio guipuzcoano se constituyó una Junta de Defensa de Eibar, socialista y presidida por Juan de los Toyos, que controló el territorio entre Zumaya y Zumárraga y cuya principal función fue enviar hombres, armas y municiones a la anterior junta. 

En Vizcaya se constituyó una Junta de Defensa desde el 13 de agosto que estuvo dirigida en la práctica por el también socialista Paulino Gómez. Por último, el Partido Nacionalista Vasco creó la Comandancia de Azpeitia.

 

La Comandancia de Azpeitia.

La participación de las nacionalistas vascos en defensa de la legalidad republicana no fue inmediata, por lo menos en lo que se refiere al enfrentamiento armado con los sublevados. Tras unos primeros días de neutralidad, con motivo de la creación de la Junta de Defensa guipuzcoana, se incorporaron a la misma representantes del PNV, ANV y STV. 

Durante las siguientes semanas su participación se limitó a mantener el orden público mediante grupos de guardias cívicos (protección de edificios religiosos, de propiedades particulares de destacados militantes derechistas, etcétera) en medio de la agitación revolucionaria, al tiempo que PNV y STV hacían los primeros llamamientos a los militantes nacionalistas para crear sus propias milicias. 

Tras incautarse el 5 de agosto del monasterio de Loyola en Azpeitia, el PNV convocó allí a los voluntarios nacionalistas de la Guipúzcoa central y costera, que se fueron concentrando a lo largo de todo el mes. Respecto a las otras dos organizaciones nacionalistas, los militantes de ANV de la zona de San Sebastián formaron un batallón junto con las demás organizaciones frentepopulistas, mientras que los del resto de Guipúzcoa se integraron en el Euzko Gudaroztea del PNV. 

En el caso del Jagi-Jagi, mientras sus dirigentes decidían no intervenir en lo que entendían como un enfrentamiento entre españoles, la mayoría de sus simpatizantes optaron por alistarse en las milicias vascas de la Comandancia de Azpeitia. Así, su dirigente guipuzcoano Mikel Alberdi se convirtió en el primero gudari conocido muerto al caer el 16 de agosto en Vidania al frente de trescientos mendigoxales

En la zona de Vidania, Régil y Goyaz actuaron estas primeras milicias nacionalistas, al tiempo que en San Sebastián, los milicianos de ANV se reunían en el hotel Loyola “bajo el nombre de Euzko Indarra, y para el 25 de agosto ya habían participado en los frentes de Tolosa-Villabona, San Sebastián y Oyarzun”.

El 8 de agosto, delegados de las principales organizaciones del nacionalismo vasco fundaron en Azpeitia el Euzko Gudaroztea, cuyo objetivo era “organizar las Milicias Vascas, con mandos, reglamento, régimen interno propio y además con la facultad de unificar las milicias vascas de las distintas regiones y sus mandos”.

El monasterio de Loyola sirvió como base inicial en la constitución de este Euzko Gudaroztea, aunque sus batallones se formarían a lo largo de toda la geografía vasca, especialmente en Bilbao, en donde dispondrían de varios cuarteles.

En Azpeitia, bajo el mando del capitán Cándido Saseta comenzaron a constituir, instruir y armar sus propias compañías gracias a un inicial envío procedente de Cataluña compuesto por fusiles y seis piezas de 75 mm. A diferencia de las otras dos juntas de defensa controladas por los partidos de izquierdas, ésta no participó de forma plena desde un principio en los combates. Estas fuerzas nacionalistas se incorporaron definitivamente a la lucha a finales de septiembre.

 

Origen de las milicias...

¿Pero cómo surgieron estas milicias, fundamento del futuro cuerpo de ejército vasco? Durante esta fase inicial del conflicto, las columnas que se organizaron como fuerzas de combate fueron de muy heterodoxa composición. Básicamente estaban formadas por milicianos a los que acompañaban guardias civiles, carabineros, guardias de asalto, miñones, miqueletes y, en algunas de las procedentes de Bilbao, soldados del Garellano. 

En concreto, durante la campaña guipuzcoana, los milicianos marcharon a combatir en grupos más o menos organizados, ideológicamente homogéneos, en los que ejercía el mando algún personaje con la suficiente autoridad moral sobre sus componentes. Desde un principio, estas columnas exhibieron los hábitos bélicos que las diferentes organizaciones políticas habían inculcado a sus militantes durante los años precedentes. 

Cuatro de estos grupos políticos, los socialistas, los comunistas, los anarcosindicalistas y los nacionalistas vascos, disponían de un embrión de estructura paramilitar previo al alzamiento que ahora desarrollaron rápidamente.

 

...no nacionalistas.

Evidentemente, fue en los iniciales combates de Guipúzcoa donde se perfilaron la mayoría de las fuerzas milicianas no nacionalistas. Las primeras columnas, provisionales, actuaron de matriz gestora de donde saldrían las futuras unidades milicianas. 

Estas fueron básicamente compañías (denominadas ocasionalmente centurias por los mismos milicianos) que bien podían formar en teoría una unidad mayor (por lo general, un batallón) pero que en la práctica actuaban con total autonomía hasta que, como mínimo, llegaron durante su retirada a la zona de Eibar, ya prácticamente en Vizcaya. 

Un excombatiente del batallón Rusia describe como esta unidad se fraguó en el hotel María Cristina de San Sebastián al tiempo que se asediaban los cuarteles sublevados. De allí, cada una de las compañías creadas marcharon hacia los diferentes frentes de combate. El Rusia sufrió su primera baja el día 5 de agosto en Tolosa. 

Según este informante, sólo comenzó a actuar como batallón a su salida de Eibar, cuando partió para Asturias a finales de octubre.

De la misma forma, el 22 de julio, cuando todavía no había sido posible que se organizara en un batallón regular, alguno de los grupos que formarían posteriormente el Amuátegui sufría su primera baja en San Sebastián tal y como quedó reflejado en los registros oficiales republicanos. Lo mismo se puede decir del batallón Larrañaga, primero de las MAOC, que tuvo el 27 de julio su primer caído en Oyarzun.

La inexistencia de los medios necesarios por parte de las autoridades republicanas para canalizar la movilización a través de sus estructuras militares y la importancia que adquirieron las diferentes organizaciones políticas y sindicales gracias a sus milicianos incorporados a la lucha desde el primer momento, son las razones que explican la creación de un nuevo ejército republicano formado a base de unidades adscritas a diferentes ideologías.

 

Las milicias socialistas.

En Vizcaya, la Unión General de Trabajadores (UGT), sindicato especialmente fuerte en esta provincia, organizó la columna Mateos, gestora de sus tres primeros batallones: el Fulgencio Mateos, el Indalecio Prieto y el González Peña. De las columnas guipuzcoanas, la de Mondragón se constituyó en base a la primera de Pérez Garmendia más milicianos de Eibar, zona obrera e industrial en la que predominaba la filiación socialista. Estas milicias socialistas estuvieron controladas por una Comisión de Guerra formada por representantes tanto del partido como del sindicato.

Posteriormente, el Comité Central Socialista de Euskadi sustituyó al anterior como máxima autoridad de las milicias socialistas, hasta que en febrero de 1937 delegó en el recién creado Comité Central de Guerra de las Milicias Populares Antifascistas plena competencia sobre sus milicias.

 

Las de la JSU.

Los voluntarios de la Juventud Socialista Unificada (JSU) se encuadraron en diferentes unidades y éstas en la Columna Meabe, llamada así en homenaje al fundador de las Juventudes Socialistas vascas, Tomás Meabe. Pese a denominarse columna, no constituyó una unidad operativa y sí una de encuadramiento organizativo de los milicianos. El 20 de agosto, la JSU bilbaína comunicaba a la Junta de Defensa vizcaína que estaba formando una columna con sus voluntarios en la que se encargaban de darles la necesaria instrucción militar. En esta Columna Meabe se agruparon los batallones, vizcaínos y guipuzcoanos, que la JSU fue creando.

 

Las comunistas.

Siguiendo las directrices del PCE, las Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas (MAOC) apenas habían comenzado a crearse en Guipúzcoa al estallar la Guerra. En ese momento, apareció en esta provincia un Regimiento de las MAOC que reunía a los voluntarios guipuzcoanos y una Columna Perezagua que hacía lo mismo con los vizcaínos. 

Al igual que el PCE sobre las demás unidades comunistas españolas, el Partido Comunista de Euskadi ejerció un férreo y eficaz control administrativo y de información sobre sus unidades en base a los comités locales y las células políticas. El conjunto era controlado por su Comité Central, encabezado por Juan Astigarrabía. 

Desde sus publicaciones (Euzkadi Roja y Erri) apostó por una mayor integración militar con las demás provincias republicanas norteñas y la subordinación de las fuerzas republicanas en el País Vasco al Ejército Popular del Norte.

 

Los extranjeros.

En el otro lado de la provincia guipuzcoana, las fuerzas que cubrían el valle del Bidasoa estaban formadas por carabineros destinados en la frontera francesa y milicianos de Irún al mando de Antonio Ortega, quien fue al poco sustituido por Manuel Cristóbal Errandonea. 

Por esta zona fronteriza comenzaron a localizarse voluntarios extranjeros, en un número próximo a los doscientos, que aportaron su experiencia bélica especialmente en los combates por el fuerte de San Marcial, y que se agruparon en los grupos Edgar André, W. Wrobleski y Gorizia.

 

Las anarcosindicalistas.

Fueron elementos anarcosindicalistas los que predominaron en la primera columna de Pérez Garmendia y en la que asedió posteriormente los cuarteles de San Sebastián. Aquí, en la capital, fueron los milicianos de la CNT quienes, en detrimento de las demás facciones milicianas, se hicieron con las armas que se guardaban en el sitiado cuartel de Loyola: mil quinientos fusiles y abundantes municiones. Con las piezas de artillería se formaron cinco baterías reunidas en dos grupos. 

Los anarcosindicalistas, más numerosos en Guipúzcoa, demostraron al principio una actitud bien distinta a su extendida tradición antiautoritaria. Ya en agosto comenzaron a organizar y uniformizar sus propias milicias y tras conseguir coordinar los diferentes grupos de combatientes ácratas, abogaron decididamente por la militarización de las milicias y la creación de un mando único, aunque al final no se incorporaron a las Milicias Populares Antifascistas. 

Sus batallones estuvieron controlados por un Comité Militar presidido por Primitivo Rodríguez y con Carmelo Doménech como asesor técnico-militar. Durante la guerra crearon hasta siete batallones, los tres primeros fueron el Bakunin, el Isaac Puente y el Sacco-Vanzetti. 

Las unidades de la CNT fueron, sin lugar a dudas, las que más temores provocaron al gobierno vasco respecto a sus veleidades revolucionarias, protagonizando sucesos como los de marzo del 37 que por poco no finalizaron en enfrentamiento abierto con las fuerzas del gobierno vasco. Fueron además acusadas de abandonar el frente del Udala a finales de abril del 37 por motivos políticos.

 

Las milicias de IR y UR.

Los dos partidos del republicanismo progresista, Izquierda Republicana y Unión Republicana, también organizaron unidades militares que se incorporaron a los combates de forma inmediata. Sus primeros núcleos de milicianos dieron lugar a dos iniciales batallones, vizcaíno uno y guipuzcoano el otro, bautizados con el nombre de Manuel Azaña, presidente de la República. 

Posteriormente se constituyeron otros dos más. Las milicias de IR estuvieron controladas por su Juventud y, hasta enero de 1937, contaron con un comisario en la figura del teniente coronel de Carabineros Juan Cueto, apartado cuando pretendía convertir a los milicianos en una verdadera fuerza militarizada. A resultas de estas disputas, dos de sus batallones se pasaron a las milicias socialistas.

Unión Republicana sólo fue capaz de formar un único batallón a causa del escaso número de militantes y simpatizantes que tenía este partido en la región. Aunque desde un primer momento participaron en los combates, los milicianos de UR sólo pudieron ser agrupados en el batallón Fermín Galán a partir de enero de 1937. Este batallón que el 26 de marzo marchó al frente asturiano, lugar donde le sorprendió la ofensiva nacional contra Vizcaya, nunca alcanzó los efectivos establecidos.

 

Gudaris en Guipúzcoa.

A consecuencia de la cauta reacción del nacionalismo vasco ante el conflicto que acababa de estallar, los milicianos nacionalistas, los gudaris, tuvieron una escasa actuación.

Desde el 10 de agosto, en Zubelzu actuaron más de setenta y cinco gudaris pertenecientes, básicamente, a las juventudes del PNV de Irún, Tolosa y San Sebastián, que se retiraron a la capital guipuzcoana el 4 de septiembre. Más tarde, ante la inminente caída de San Sebastián, fueron los gudaris dirigidos por Cándido Saseta y encargados del orden público los últimos en abandonarla. El avance de los requetés navarros no se detuvo tras la ocupación de la ciudad y prosiguió hacia Vizcaya. 

Con la caída de Zumárraga, la Comandancia de Azpeitia tuvo que evacuar sus dependencias primero a Zumaya y después, por la costa, hasta Lequeitio. En Ondárroa, los mandos del Euzko Gudaroztea realizaron una primera organización de los grupos de gudaris en retirada, reuniéndolos en compañías de setenta miembros con sus mandos correspondientes.

Estos primeros gudaris eran en su mayoría jóvenes voluntarios, militantes del nacionalismo político, y con escaso conocimiento del uso de las armas. Casi todos eran guipuzcoanos aunque los había también vizcaínos y apenas navarros y alaveses. 

Como acuartelamientos, el PNV tuvo en San Sebastián el convento de San Bartolomé y en Irún el palacio de Olazábal. Los mandos surgieron de los pocos que habían hecho el servicio militar, de los que eran alféreces de complemento o de los que eran miembros de las fuerzas de orden público, como los miqueletes (guardias forales de la Diputación de Guipúzcoa). En cada compañía, la mayoría de los gudaris que la formaban solían pertenecer a una misma localidad. 

Su uniformidad, variada de todos modos, fue la de los mayoritarios mendigoxales: camisa típica de cuadros, pantalón mil rayas, botas de montañero y boina vasca.

Como insignia, sobre un pedazo de tela negra las aspas de San Andrés. Y el armamento escaso, viejo y heterogéneo, se mejoró con requisas, peticiones a las demás juntas de defensa e incautaciones de envíos de armas procedentes de Francia y Cataluña.

 

Consolidación de las milicias.

Pasados los primeros días de euforia bélica y revolucionaria de la mayoría de los milicianos y constatados los avances de las fuerzas rebeldes por Guipúzcoa hacia Vizcaya, los combatientes y sus responsables políticos comenzaron a apreciar con mayor nitidez la verdadera naturaleza del conflicto que había estallado. 

Los voluntariosos milicianos empezaron a sufrir en sus carnes toda la dureza de la guerra y a regresar a las localidades de donde marcharon, principalmente a Bilbao, para descansar y recuperarse. Ahí, por iniciativa de sus respectivos partidos políticos, aprovecharon para dotar a los grupos que formaban una estructura más eficaz y racional, más adecuada para las operaciones militares. 

Primero aparecieron las escuadras, secciones, pelotones y compañías mandadas por capitanes, tenientes y sargentos de milicias que debían su puesto a los conocimientos militares que tuvieran, aunque fueran escasos, y a su lealtad a la organización política que apadrinaba a la unidad. A continuación, estas unidades menores se fueron agrupando en batallones de milicias, sobre todo, a partir de septiembre.

Cada partido político se establecía en uno o varios cuarteles en los que organizar la recluta de voluntarios y crear unidades militares. Allí, los milicianos solían elegir a sus mandos y bautizaban a su unidad. Estas compañías y batallones que se creaban lo eran más por su denominación que por su realidad organizativa, ya que hasta el decreto de militarización del 25 de octubre no existió un modelo oficial que sirviera de referencia en su proceso de creación. 

Esta disparidad de criterios ocasionó una notable variedad en el tamaño y la composición de estos batallones tal y como se puede comprobar en la relación de fuerzas republicanas en los frentes, fechada a finales de noviembre. Como prueba del inicio de este proceso de creación de un nuevo ejército miliciano, desde mediados de agosto comenzaron a proliferar los desfiles de estas nuevas unidades por diferentes localidades vizcaínas, especialmente por su capital.

 

Las milicias nacionalistas.

La movilización de los milicianos nacionalistas vizcaínos fue también paulatina. El PNV de esta provincia se declaró el mismo 19 de julio a favor de la República y realizó sus primeros llamamientos a la movilización. A este llamamiento “acudieron unos cinco mil mendigoizales, que armados con escopetas de caza desfilaron en Archanda a las órdenes de Ramón Azkue a primeros de agosto de 1936. Al mismo tiempo, ANV proponía la creación de unas Milicias Vascas Antifascistas y los del Jagi-Jagi se dividían entre intervencionistas y no intervencionistas. 

Reunidos sus dirigentes en Durango, se impusieron los primeros y comenzaron a movilizar a sus militantes. El Euzko Gudaroztea vizcaíno se creó el 25 de septiembre al unificarse las compañías que se estaban organizando en los diferentes acuartelamientos de la provincia y su comandante fue Ramón Azkue.

Tras la revista de Archanda el 4 de agosto, el PNV no envió a sus gudaris al frente hasta el 24 de septiembre. En esa jornada, partieron para el frente las primeras cuatro compañías de infantería tras ser armadas gracias a una remesa de dieciséis mil fusiles checos con su correspondiente munición y varios cientos de ametralladoras ligeras llegada de contrabando en las jornadas inmediatamente anteriores. 

Estas primeras compañías (Kortabarria, Etxeberria, Garaizabal y Zubiaur) formaron un ocasional batallón denominado Arana Goiri en honor del creador del nacionalismo vasco que desfiló por Bilbao antes de partir al frente en autobuses esa misma noche. 

Ya en Eibar, la unidad se dividió. La compañía Garaizabal y dos secciones de la Zubiaur marcharon al frente de Marquina (alto de San Miguel de Elgoibar y puerto de Urcarregui) en donde ya estaban dos o tres compañías socialistas, soldados del Garellano, guardias de asalto y milicianos. Mientras, el resto iba hasta Elgueta que se encontraba defendida por alguna compañía de la CNT. 

El 4 de octubre, las dos siguientes compañías del PNV (Padura y Arratia) partieron desde Bilbao para el sector de Elgueta, en concreto para reforzar la zona de los Inchortas, lugar donde se encontraba combatiendo el grueso del batallón Arana Goiri.

Al día siguiente marchó otra compañía (Bizkaigana), que junto con las anteriormente citadas colaboraron en la defensa republicana a la acometida rebelde sobre los Inchortas. Cuando esta última unidad llegó había otras ya presentes como la Zabalbide de Izquierda Republicana, y la Gallastegui y la Dragones, ambas de la Juventud Socialista Unificada. 

Poco después llegaron al frente en cuestión las compañías Matxin y Alberdi, también nacionalistas, al tiempo que el batallón Arana Goiri era disuelto a causa de las bajas sufridas por las diferentes unidades que lo habían constituido de forma provisional.

En las líneas anteriores se ha descrito la constitución de las primeras unidades del PNV y como recibieron su bautismo de fuego. La unidad orgánica básica y única en la que se encuadraron los milicianos nacionalistas fue la compañía, salvedad hecha del Arana Goiri, batallón sólo sobre el papel. 

Esta estructura a nivel de compañía, que fue la más empleada por las demás facciones milicianas, siguió siendo operativa hasta mediados de noviembre, momento en el que ante la inminente ofensiva sobre Villarreal de Álava, se agruparon para formar auténticos batallones. Así, por ejemplo, la Bizkaigana se incorporó junto con las Iñaki San Miguel, Zubiaur, Arratia y la de ametralladoras Astarloa al 15º Batallón Ibaizabal. 

A partir de entonces, las unidades que se crearon fueron ya batallones y no compañías. Desde noviembre, la formación de batallones nacionalistas fue continua hasta alcanzar casi la mitad de los creados por todas las fuerzas políticas.

 

Los del Jagi-Jagi.

Tras tomar la decisión de involucrarse en el conflicto y con retraso respecto a las demás organizaciones políticas, el Jagi-Jagi acabó por formar dos batallones a los que bautizó Lenago-il (Antes morir) y Zergaitik ez?.

(¿Por qué no?). 

Sus respectivos comandantes fueron Mikel Ayerdi y Eugenio Orbegozo, con Ángel Aguirreche como jefe supremo de ambos. Al igual que los restantes batallones nacionalistas contaron con capellanes y acabaron por integrarse en el Euzko Gudaroztea

Durante la campaña de Vizcaya actuaron en el sector del Gorbea y depusieron las armas tras la caída de Bilbao, por cuanto no quisieron pasar a Santander.

 

Las unidades que no llegaron a ser.

Como es lógico, no todas las unidades creadas por las organizaciones políticas cristalizaron en batallones del cuerpo de ejército vasco. Por ejemplo, Vicente Talón cita entre otros el batallón Guernica como una “una iniciativa de las JSU de la villa foral. No completó sus cuadros por lo que, quienes habían acudido a su llamamiento, acabaron integrándose en el batallón Karl Liebknecht o en el MAOC nº 2”. 

Otro batallón que no pasó de su fase embrionaria fue el segundo que pretendió crear Unión Republicana y que bautizó como Democracia. Aunque estaba organizándose en diciembre de 1936, en febrero del año siguiente el partido abandonó la iniciativa por cuanto no afluían ya voluntarios. Otros batallones abortados fueron el Aitzol, desplegado en noviembre en el sec­tor de Eibar, y el Arkundia situado en el de Marquina.

 

Ilustración de Gudari

 

2. La militarización.

Aunque se constituyeron núcleos de tropas mejor o peor organizados para hacer frente al avance de los sublevados, el verdadero cuerpo de ejército vasco comenzó a formarse tras concederse por las Cortes republicanas el Estatuto de Autonomía a primeros de octubre. El día 7, José Antonio Aguirre, del PNV, juró su cargo como lendakari y nombró un gobierno autonómico vasco.

Ante la difícil situación militar, tras haber perdido casi por completo la provincias de Álava y Guipúzcoa a manos de las fuerzas enemigas, la nueva autoridad comenzó a trabajar para organizar un cuerpo de ejército vasco capaz de defender con éxito Vizcaya y de recuperar el territorio perdido: “De la anterior Junta de Defensa de Vizcaya heredó unas milicias organizadas, las izquierdistas, en batallones que en muchos casos actuaban como tales en la raya vizcaína con Guipúzcoa y Álava”

Y además, el 18 de octubre, siguiendo el ejemplo del gobierno republicano, se hizo público en el Boletín Oficial del País Vasco el llamamiento a filas de los reemplazos de 1932, 1933, 1934 y 1935. Tras esta movilización, según diferentes autores, unos veinticinco mil hombres se debieron sumar a los que se calculan que ya estaban combatiendo para entonces, unos diez mil.

Este cálculo se nos antoja excesivo por cuanto el número de mozos vizcaínos pertenecientes al reemplazo de 1933 (que sirve como cifra promedio para los restantes) no llegaba a los tres mil. Aún con la aportación de guipuzcoanos que se hubiesen retirado con las fuerzas republicanas, es difícil creer que la movilización de cuatro quintas proporcionase 25.000 soldados. Un cálculo de entre 12.000 y 15.000 parece ser más razonable y encaja con las posteriores referencias de efectivos republicanos vascos.

Posteriormente, el 8 de diciembre (decreto publicado el día 16) serían llamadas las quintas de 1931 y 1936, además de las de 1930 a 1935 del mar. En abril de 1937, el día 8 fue publicado el decreto de movilización de los reemplazos de tierra de 1929, 1930 y 1937.  

En el siguiente mes, mediante otro decreto de fecha 7 de mayo (publicado el día 9) se movilizaron los reemplazos de tierra de 1928, 1938 y 1939; y los de 1925, 1926 y 1927 fueron llamados a las armas el día 23. El último decreto de movilización del gobierno vasco, el de los reemplazos de 1922, 1923 y 1924, fue publicado el día 11 de junio. En total fueron dieciocho reemplazos los movilizados, aunque la mayoría de ellos fueron llamados tarde, una vez se desató la ofensiva franquista sobre Vizcaya. 

Durante 1936 sólo fueron activados seis reemplazos y ninguno durante los tres primeros meses de 1937, meses de calma bélica. Esta realidad niega la afirmación de Martínez Bande de que el decreto publicado el 12 de febrero (y fechado el 27 de enero) en el Boletín Oficial por el que se buscaba controlar la personalidad de todos los varones residentes en Euzkadi con edades entre los 18 y 45 años fuese “una encubierta movilización general”. 

Como se establece bien claramente en dicho decreto, tal medida tenía como fin “dar exacta y fiel aplicación a los Decretos y Ordenes de movilización de este Departamento, impidiendo que haya ciudadanos que eludan el cumplimiento de sus deberes militares”. Para ello se recordaba a los movilizados la obligación de disponer de la correspondiente tarjeta de identidad y a los no incorporados se les deba un plazo de ocho días para hacerse con la suya en sus respectivos ayuntamientos.

En octubre de 1936, además de la movilización, las autoridades vascas decretaron otras medidas destinadas a la reorganización militar de sus fuerzas. El día 25 se firmó el decreto por el que se militarizaban las milicias y se creaba el cuerpo de ejército vasco (Ejército de operaciones de Euzkadi para las autoridades vascas). 

Dejaba clara la estructura de mando cuando en su artículo quinto establecía que “los jefes de cada batallón se comunicarán con el jefe de sector [...] y éstos con el alto mando, que a su vez, se relacionará con el consejero de Defensa para todas las necesidades de la campaña y de los servicios respectivos. Todas las unidades, armas y cuerpos del Ejército que operen en el País Vasco quedan bajo la autoridad superior del consejo de defensa del Gobierno de Euzkadi.” 

El propio lendakari asumió el puesto de consejero de Defensa. El 6 de noviembre, Aguirre firmó la orden por la que se organizaba la cadena de mando del cuerpo de ejército vasco. Se nombraba jefe de operaciones del País Vasco (y asesor del propio Aguirre) al capitán Modesto Arámbarri. Como jefe del Estado Mayor fue designado el comandante Alberto Montaud. 

Al mismo tiempo, el frente del nuevo cuerpo de ejército se dividió en ocho sectores que, comenzando por la costa, eran los de Lequeitio, Marquina, Eibar, Elgueta, Ochandiano, Orozco, Amurrio y Respaldiza, en los que se agruparon las unidades militares que lo defendían. 

Es importante destacar esta organización, territorial por lo demás, más adecuada para funciones administrativas en tiempos de paz que para articular un cuerpo de ejército en campaña. A nivel orgánico, se estableció una plantilla oficial de batallón a la que tenían que adaptarse las unidades existentes, pero no se dispuso la creación de unidades mayores como las brigadas y las divisiones. Su constitución se ordenaría demasiado tarde, un mes después de haberse desatado la ofensiva franquista de abril de 1937. 

En definitiva, las unidades milicianas desplegadas en la línea del frente tuvieron que adoptar la plantilla de batallón establecida y agruparse en sectores, cuyos comandantes (Urtizberea, Ibarrola, Gómez, Pañeda, etcétera) dependían directamente del estado mayor del cuerpo de ejército.

En el mismo momento de aplicarse esta reorganización aparecieron hasta veintidós batallones militarizados y numerados correlativamente, quedando otros catorce en período de formación y que recibirían su numeración oficial a medida que se fueran completando. Así lo demuestra la documentación oficial republicana. 

Este hecho, la aparición repentina de tantos batallones completos, hace pensar que estas unidades milicianas ya existían anteriormente y que simplemente se procedió a su reorganización y numeración. A la vez, el gobierno vasco decidió crear una masa de maniobra, un ejército de operaciones, independiente de las fuerzas que se encontraban ya en los diferentes sectores. 

Así, el 14 de noviembre, el lendakari Aguirre presenció en Bilbao un gran desfile de estas nuevas unidades. Su verdadera puesta de largo tuvo lugar unos cuantos días más tarde con motivo de la ofensiva sobre Villarreal de Álava. 

Lo aquí expuesto parece quedar corroborado al repasar el estadillo de las fuerzas vascas desplegadas en los diferentes sectores del frente a finales de noviembre de 1936, reproducida en una nota anterior. En esta relación de fuerzas no aparecen algunos de los batallones que con certeza se sabe que estuvieron en la ofensiva de Villarreal y sólo cinco de los primeros veintidós militarizados un mes antes.

 

Consecuencias de la militarización.

Con la militarización, los voluntarios que estaban combatiendo dejaron de ser milicianos para convertirse en soldados de la República. Pero con la militarización no se puso fin a peculiaridades que tenían su origen en la diversidad política del bando republicano. Así, a los hombres movilizados se les permitió elegir las unidades en las que deseaban encuadrarse. 

Y estos optaban por aquellos batallones de su propia ideología, o por lo menos, de la más próxima. Era una forma aceptada por todos los partidos políticos para mantener la cohesión de sus militantes y simpatizantes en sus propias unidades y ejercer su fuerza político-militar. 

El primer interesado fue el propio lendakari, quien aseguró para su partido, el PNV, la supremacía en el número de batallones. Pero este hecho tuvo otras consecuencias que le perjudicaron frente a su enemigo. La identificación política de los diferentes batallones restó cohesión al conjunto del cuerpo de ejército. 

Las rivalidades no sólo no desaparecieron, sino que en más de una ocasión supusieron graves problemas, como, por ejemplo, cuando varios batallones anarcosindicalistas abandonaron el frente y se dirigieron a Bilbao con motivo de un enfrentamiento entre el gobierno vasco y la CNT en la primavera de 1937. 

La campaña vasca estuvo salpicada de casos en los que la falta de comunicación entre unidades de diferentes ideologías provocaba situaciones absurdas como que una de ellas se retirara sin advertir de ello a su vecina, dejándola en un peligro evidente de ser envuelta, tal y como nos cuenta Pablo Beldarráin en su crónica de la defensa de los Inchortas en abril de 1937.

Esta posibilidad de elección por parte de los movilizados permitió al PNV poner en liza más batallones que ninguna otra fuerza política. Pero también le acarreó un agrio enfrentamiento con el resto de grupos políticos por cuanto entre sus filas se refugiaron todos aquellos que en mayor o menor medida hubiesen preferido estar en el otro bando. 

Cuando estos leales geográficos fueron movilizados, prefirieron incorporarse a unas unidades de ideología católica, conservadora y antirrevolucionaria como eran las peneuvistas: “En algunas unidades también se habían alistado reconocidos derechistas”. 

Los demás partidos políticos le acusaron de dar cobijo a los emboscados y bien es cierto, que a lo largo de la campaña vasca, fueron los batallones del Euzko Gudaroztea los que presentaron mayores porcentajes de deserciones, chaqueteos y falta de combatividad. Esta tendencia se acentuó a medida que la campaña avanzaba y las fuerzas republicanas eran expulsadas de Vizcaya. 

Cuando esto sucedió, en las unidades nacionalistas, los más abandonaron la lucha por cuanto dejaban de defender su tierra. En Bilbao, Valmaseda y Santoña abandonaron las armas por completo.

 

Así fueron los batallones vascos.

Pablo Beldarráin nació en Bilbao en 1909. Fue alférez de complemento por lo que al estallar el conflicto se incorporó como oficial a las milicias nacionalistas de la Comandancia de Azpeitia. Mandó la compañía Bizkaigana hasta que a mediados de diciembre de 1936 se le nombró comandante de un batallón que en esos momentos se estaba formando: el 56º Martiartu. 

Tras destacar al frente del mismo en la defensa de los Inchortas en abril de 1937, a finales de ese mes fue colocado al mando de la 4ª Brigada vasca y el 5 de mayo promovido a comandante de la 5ª División. En una entrevista, Beldarráin, ofrece con su experiencia al mando del Martiartu un panorama muy aproximado de cómo fueron estos batallones vascos.

En concreto, el 56º Batallón Martiartu partió para el frente el 31 de diciembre de 1936 sin haber realizado ningún tipo de instrucción, maniobras o prácticas de tiro. Esto no le impidió desplegarse inmediatamente en el frente tras relevar al batallón Larrazabal, también del PNV. La disciplina no era militar, y se basaba en la autoridad moral de que los mandos gozasen en cada caso. 

Beldarráin calcula en un 60% los gudaris que habían realizado el servicio militar y considera que el Martiartu estaba bien equipado de ropa y calzado entre lo aportado por cada uno y lo proporcionado por el servicio de intendencia. No tenían cascos de acero y los iniciales y deficientes fusiles Mannlicher fueron sustituidos pronto por unos mejores Lebel. Cada batallón disponía de una sección de enlaces y transmisiones, cuyos mensajeros intercomunicaban a los mandos de la unidad sin radios ni teléfonos.

Durante la defensa de las posiciones de los Inchortas entre el 20 y el 23 de abril de 1937, se pudo comprobar el grado de cohesión interna que la filiación ideológica de las unidades dio al cuerpo de ejército vasco.

El Martiartu estaba atrincherado a lo largo de una línea algo menor de tres mil metros. A su izquierda se encontraba el batallón Kirikiño, también nacionalista y con el que, por consiguiente, las comunicaciones eran fluídas. No ocurría lo mismo con el de su derecha, el UHP, de la JSU, con el que no existía ningún contacto. 

Así, cuando se produjo el ataque enemigo y este batallón se retiró, los miembros del Martiartu tardaron diez horas en percatarse de lo sucedido. Pablo Beldarráin acaba definiendo al Martiartu como uno de tantos, similar, por tanto, a los restantes del cuerpo de ejército vasco.

Respecto al armamento, a los iniciales Máuser de servicio en el ejército español y en las fuerzas de seguridad, se añadieron otros fusiles llegados del extranjero como los viejos y pesados Lebel franceses de 8 mm, y otros de diferente calibres. En la zona de Eibar y Guernica se fabricaron carabinas Destroyer y Winchester además de pistolas Astra, Star, Conde y Detective, morteros Valero de 50 y 81 mm y granadas de manos de diversos tipos. Ametralladoras y fusiles-ametralladoras hubo de las marcas Maxim, Hotchkiss, Lewis, Steyr, Colt...

 

Origen y residencia de los soldados vascos.

Alrededor del 95% de los combatientes de los batallones vascos residían en las provincias vascongadas al comenzar el conflicto y en concreto, tres de cada cuatro lo hacían en Vizcaya. Esto se cumple tanto entre los soldados nacionalistas como entre los no nacionalistas. 

No podría ser de otra manera si tenemos en cuenta que el territorio que controló el gobierno autonómico vasco se limitó, prácticamente, a la provincia vizcaína. De los restantes, el 20% procedían de Guipúzcoa y un 5% de Álava (en el caso de los nacionalistas) o de otras provincias españolas no vascas (en el caso de los no nacionalistas). 

En lo referente al origen, los porcentajes anteriores se repiten básicamente entre los combatientes nacionalistas y varían ligeramente entre los no nacionalistas, ya que entre estos últimos, los vizcaínos eran sólo la mitad y casi un tercio de los mismos habían nacido en provincias no vascas.

 

 

3. Desde la militarización hasta la ofensiva franquista.

No es fácil detallar con precisión el proceso de crecimiento del cuerpo de ejército vasco durante el invierno de 1936-1937 a causa de las discrepancias existentes en las diferentes fuentes bibliográficas para este periodo.

 

Los datos.

La primera referencia la da Francisco Ciutat con motivo de la ofensiva sobre Vitoria, ofensiva que después quedaría en una mera batalla por la localidad alavesa de Villarreal. En ese momento, Ciutat establece los efectivos vascos en 28.000 hombres, con más de 25.000 fusiles, 380 ametralladoras, 125 morteros, 40 piezas de artillería y 15 autos blindados. Eran en total cuarenta y cuatro batallones armados y otros siete sin armar.

La referencia, quizá, más fiable es la de Francisco Vargas. Según este autor, en enero de 1937 había 57.000 hombres en el cuerpo de ejército vasco. Existían sesenta batallones milicianos completos y otros diez en formación que encuadraban a 44.000 milicianos. Los restantes 13.000 se encuadraban en unidades del cuerpo de ejército.  

Conviene advertir que este autor incluye entre los setenta batallones varios de ingenieros: con seguridad, uno de la UGT y otro de IR, y probablemente, uno de la CNT y otro del PNV.

Las dos restantes referencias proceden del mismo autor, Martínez Bande, y son las que necesitan puntualizarse. En la primera, este autor ofrece una relación de los batallones vascos existentes correspondiente al invierno de 1936 a 1937 pero que no tiene fecha exacta. En la misma aparecen un total de cincuenta y tres batallones, siete de los cuales se encontraban en formación.  Por los batallones citados, creemos que este listado se debe fechar a finales de noviembre o primeros de diciembre de 1936, justamente cuando se desarrollaba la batalla de Villarreal.

La segunda referencia de este autor es la más polémica, por cuanto tiene mucho que ver con la equivocada estimación de los efectivos vascos que se ha venido repitiendo en la mayoría de la bibliografía existente y de la que hablaremos después. 

Martínez Bande cita un informe vasco sin fecha pero al que sitúa inmediatamente anterior a la ofensiva nacional del 31 de marzo. A nuestro entender esta datación que hace Martínez Bande es completamente errónea, ya que como veremos más adelante, el número de batallones vascos existentes a finales de marzo de 1937 sobrepasaban los sesenta. Este último informe, parece lógico situarlo en diciembre de 1936, muy posiblemente en su segunda mitad, tras el calamitoso ataque sobre Villarreal. 

Por lo menos, éste sería su lugar en función del número de efectivos. En nuestra opinión, el elevado número de bajas de aquella acción podría explicar la disminución de batallones operativos y el aumento de los que estaban en construcción respecto a los estadillos inmediatamente anteriores.

 

Principios del 37.

Hacia el 11 de febrero de 1937, cuando se crearon los frentes de Guipúzcoa, Álava y Burgos, Salas Larrazábal establece en cuarenta los batallones en línea, siendo el de más alta numeración el 63º México, con otros siete combatiendo en Asturias y el resto organizándose o colocados en reserva. Existían además tres de ametralladoras, el 77º Irrintzi de MAI, otro de morteros (¿el 79º Alkartzeak?) y un último de carros.  Los cinco batallones ya existentes de zapadores pronto serían ocho. 

La interpretación de esta relación nos mueve a confusión ya que de la misma, en un principio, se deduce que el total de batallones de infantería era de sesenta y tres, con cuarenta y siete completos y en el frente.

El resto serían batallones completos colocados en retaguardia o incompletos, por lo que el número exacto de batallones disponibles no es conocido. Entre todos ellos, suponemos, se incluirían los tres de ametralladoras. Si se les añade los cinco de ingenieros, el total sería de sesenta y ocho batallones. Y con los otros tres de apoyo (MAI, morteros y carros), setenta y uno.

Para el 23 de febrero, eran 74.131 los hombres encuadrados en las unidades vascas, por tanto, todos ya enrolados con anterioridad a la futura movilización general vizcaína.

 

Las Milicias Unificadas.

El 9 de enero de 1937, representantes de PSOE-UGT, PCE, JSU, IR y UR creaban las Milicias Populares Antifascistas de Euzkadi a cuyo frente se pondría un Comité Central de Guerra. Y es que el fracaso de Villarreal de Álava demostró la necesidad de mejorar las fuerzas militares republicanas vascas. 

Las organizaciones políticas referidas lo intentaron mediante la unificación de sus milicias en una sola estructura militar. Pero la integración no sólo no se produjo, sino que en algunos casos se dieron anécdotas ilustrativas del particularismo de los partidos políticos. 

Así, por ejemplo, los batallones socialistas comenzaron desde ese momento a bautizarse con el nombre de algún destacado dirigente socialista. Pese a los llamamientos a la CNT y a ANV para incorporarse, la primera siguió por su cuenta y la segunda subordinada a las decisiones militares del Euzko Gudaroztea del PNV. 

A esta última organización también se ofrecieron conversaciones que resultasen en una total unificación militar, pero el gobierno vasco respondió que tal unidad debía realizarse en torno a su Departamento de Defensa y, en concreto, subordinada al lendakari Aguirre. 

El 5 de mayo, las Milicias Unificadas se disolvían ante la creación de un ejército regular en el País Vasco con el agrupamiento de los batallones en brigadas y divisiones similares a las del resto del Ejército Popular republicano. Pese a todo, las diferentes organizaciones políticas siguieron controlando todo lo concerniente a sus batallones, excepto las decisiones puramente militares.

 

Ilustración de Gudari

 

 

4. Ante el ataque del general Mola.

La estructura de mando.

A causa de la autonomía político-militar que disfrutaban cada uno de los tres cuerpos del Ejército del Norte republicano, los mandos del vasco habían ignorado las instrucciones del general Llano de la Encomienda del 25 de enero, por las que sus fuerzas se debían organizar en brigadas y divisiones como las del resto del Ejército Popular de la República. 

Por el contrario, el batallón seguía siendo la mayor unidad orgánica existente. Por encima de ellos, coordinándolos, sólo existía una organización territorial en sectores que a su vez se agrupaban en frentes desde el 11 de febrero. 

Así, a finales de marzo de 1937, el cuartel general del cuerpo de ejército vasco estaba situado en la localidad vizcaína de Yurre y a él se subordinaban los tres frentes existentes: el de Guipúzcoa (sectores de Lequeitio, Marquina, Eibar, Elgueta y Elorrio) con el puesto de mando en Amorebieta y a su frente el coronel Joaquín Vidal Munárriz; el de Álava (sectores de Ochandiano, Mecoleta, Ubidea y Gorbea) con cuartel general en Ubidea –u Ochandiano– y dirigido primero por el coronel Aizpuru y después por el comandante Juan Ibarrola; y el de Burgos (sectores de Barambio, Orduña, Amurrio, Arceniega-Respaldiza y Valmaseda) con sede en Amurrio a cargo del coronel Daniel Irezábal. 

En definitiva, el frente guipuzcoano discurría desde la costa cantábrica hasta los alrededores del valle de Aramayona, el alavés abarcaba desde este valle hasta alcanzar la parte occidental del macizo de Gorbea y el burgalés cubría el resto de la provincia vizcaína.

Parece evidente que esta división administrativa de las fuerzas vascas no era la más adecuada para afrontar las jornadas de lucha que se avecinaban. Y desde luego no era operativa a la hora de ejecutar operaciones ofensivas. El ejemplo más evidente, pero no el único, se dio en la batalla de Villarreal de Álava. 

El estado mayor planeaba una acción y asignaba las unidades que la llevarían a cabo, las agrupaba en columnas bajo el mando de un oficial especialmente designado. Estas columnas, unidades creadas ad hoc con fines operativos, ofrecieron una pobre efectividad cada vez que se emplearon. 

Otro dato, concluyente, parece ahondar en este análisis: esta organización del cuerpo de ejército vasco fue abandonada en beneficio de la creación de brigadas y divisiones apenas un mes después de haberse desatado la ofensiva nacional sobre Vizcaya. En buena lógica, se puede deducir que si se ordenó este cambio es porque la anterior estructura no funcionaba satisfactoriamente.

En lo que respecta a la organización del estado mayor del cuerpo de ejército vasco, según Salas Larrazábal suponía una duplicidad de la estructura de mando a dos niveles: uno político-administrativo, que era el que tomaba las decisiones y otro militar, técnico, encargado de realizarlas. “Esta duplicidad resultaba sumamente engorrosa, incrementaba innecesariamente el número de organismos y destinos y originaba una considerable pérdida de tiempo y por lo tanto de eficacia”.

 

Estimación errónea de las fuerzas vascas.

En preparación de la ofensiva sobre Vizcaya, el estado mayor del Ejército del Norte franquista realizó una estimación de las fuerzas vascas con fecha del 24 de marzo de 1937, a apenas una semana del inicio, en la que se establecía un total aproximado de treinta y seis batallones vascos: en concreto treinta y dos batallones (seis en segunda línea) y dieciséis compañías, además de los colocados en la reserva general. Cabe destacar el hecho de que tanto Martínez Bande como Talón se basen en este informe a la hora de cuantificar las fuerzas vascas y no adviertan del grave error de estimación que significa. 

Francisco Ciutat, ofrece en sus memorias otro despliegue muy similar de las fuerzas vascas, en el que apenas cambia el número total de batallones y las diferencias radican en pequeños detalles. Un cuarto autor, Salas Larrazábal, también se hace eco de este cálculo, pero a diferencia de los anteriores, sí advierte de lo equivocado del mismo. 

En resumen, el total de unidades dado por estos cuatro autores apenas es diferente. Sin contar el posible batallón del sector de Valmaseda ni la reserva general, son alrededor de 40 (39 para Talón y Bande, 40 para Salas y 41 para Ciutat).

 

Estimación correcta.

Las Brigadas de Navarra atacaron la provincia de Vizcaya en base a un fenomenal error de información que había cometido su servicio de inteligencia: los efectivos del cuerpo de ejército vasco calculados por el estado mayor del general Mola eran “en total 40 batallones con efectivos de 600 a 650 hombres (unos 25.000 hombres), bastantes con fusiles ametralladores y todos con morteros de 81 mm”.  

Y de los autores consultados, sólo uno, Ramón Salas Larrazábal nos advierte del desfase entre estos cálculos y la realidad de las tropas vascas cuando afirma que en la segunda mitad de marzo, “el conjunto de las fuerzas vascas llegaba a los setenta batallones, organizados o en organización de los que sesenta y tres estaban encuadrados en algún sector de combate. 

Al llamarse en abril las quintas de los años 27, 28 y 38, el cuerpo vasco llegó a disponer de setenta y cuatro batallones de Infantería, uno de morteros y uno de tanques. Tres regimientos de Artillería: de costa, mixto y ligero y ocho batallones de zapadores. El conjunto de los movilizados pasaba de setenta mil hombres, de los que unos cuarenta y cinco mil estaban en el frente”.

 

5. El «Ejército de Euzkadi».

Reacción del general Llano de la Encomienda.

Tras el primer asalto de la ofensiva franquista, el 6 de abril de 1937, el mando del Ejército del Norte republicano intentó nuevamente la reorganización de las tropas vascas. Entre otras medidas como eran la fortificación del cinturón de hierro bilbaíno, la creación de unas reservas y la actitud defensiva a adoptar, recordaba la orden ya expresada en enero de agrupar los batallones de infantería en brigadas con efectivos normales de cuatro batallones (excepcionalmente de tres), una batería de artillería, una compañía de zapadores, secciones de transmisiones y plana mayor. Pero el celo político del gobierno vasco ante cualquier posibilidad de subordinación de las fuerzas vascas al mando del Ejército del Norte hizo que una vez más se ignorara esta orden.

 

Nueva estimación errónea franquista.

La ofensiva de Mola se reanudó el 20 de abril, tras unos días en los que el mal tiempo impidió las acciones bélicas. Para ese reinicio de las operaciones, el estado mayor de Mola volvió a cuantificar las fuerzas vascas a las que se enfrentaban las Brigadas de Navarra.  Según este nuevo cálculo, en el frente guipuzcoano había diecinueve batallones, en el burgalés nueve, en el denominado de operaciones otros diecinueve, y llegados de Asturias trece vascos y nueve asturianos. 

En total, los batallones vascos serían sesenta.  Sin duda, esta relación de unidades republicanas presenta numerosos errores y es poco fiable, aunque, en definitiva, viene a confirmar nuestra opinión respecto de la primera estimación: los iniciales cuarenta batallones vascos se habían convertido en sesenta en apenas veinte días. Destacaremos que de Asturias no pudieron regresar trece batallones vascos porque, sencillamente, no habían ido tantos hasta allí.

Y en el caso de los batallones expedicionarios asturianos, por ejemplo, sabemos que el 25º Batallón es el mismo que el “Taboada” y el 34º es el “Somoza”. En realidad, para el 20 de abril habían llegado los batallones asturianos 8º, 23º, 25º, 28º, 34º y 43º. Frente a los nueve apuntados en el informe, sólo había seis, y el 46º nunca estuvo. Posteriormente, a finales de este mes y principios del siguientes llegaron otros tantos: 12º, 13º, 16º, 30º, 31º y 52º.

 

Reacción tras el ataque.

Ante los avances de las fuerzas nacionales, el gobierno vasco acometió una reorganización de sus tropas. A tal efecto, el 28 de abril de 1937 se publicó en la prensa el decreto (de fecha 26) por el que se creaba el «Ejército regular de Euzkadi». Sus batallones se organizarían en brigadas y divisiones similares a las del resto del Ejército Popular. 

Salas Larrazábal reproduce un documento original que carece de fecha, pero al que cree de ese mismo día. En lo que parece un borrador, se describe la primera organización de sesenta y dos batallones vascos en brigadas.

El primer despliegue oficial del recién nacido «Ejército de Euzkadi» tiene fecha del 29 de abril de 1937.  En el mismo aparecen sesenta y tres batallones vascos de infantería organizados en dieciséis brigadas, y éstas en cuatro divisiones. Con los dos batallones no adscritos a ninguna brigada, el total aumenta hasta los sesenta y cinco. A éstos, habría que añadir los dos de ametralladoras existentes, otro de MAI, un tercero de carros, seis de zapadores y tres regimientos de artillería. Conviene tener presente que para estas fechas habían llegado de las otras dos provincias republicanas tres brigadas asturianas (nueve batallones) y dos santanderinas (siete) como refuerzos.

 

Los mandos divisionales y de brigadas.

Los mandos de las divisiones eran todos profesionales. La 1ª División estuvo mandada muy brevemente por el teniente coronel de caballería Arturo Llarch, quien el mismo día 29 fue capturado junto con sus ayudantes. 

Le sustituyó el comandante de carabineros Ricardo Gómez García. Al frente de la 2ª División estaba el coronel de infantería Joaquín Vidal Munárriz, cuya actuación como comandante del Batallón de Montaña Garellano de guarnición en Bilbao el 18 de julio tuvo una importancia fundamental a la hora de impedir que esta unidad se alzase contra la República. 

La 3ª División estaba dirigida por el mayor de la Guardia Nacional Republicana Juan Ibarrola, quien el 18 de julio era el comandante del tercio de la Guardia Civil destacado en Baracaldo. Por fin, la 4ª División tenía como jefe al coronel de infantería Daniel Irezábal, jefe el 18 de julio de la caja de reclutas de Bilbao.

Los mandos de las dieciséis primeras brigadas fueron la mitad profesionales y la otra mitad procedentes de milicias. Las tres primeras brigadas estaban mandadas por tres capitanes de la Guardia Nacional Republicana: la 1ª Brigada por Germán Ollero, la 2ª Brigada por Eugenio García Gunilla y la 3ª Brigada por Matías Sánchez Montero. En un primer momento, al frente de la 5ª Brigada se colocó al comandante Ricardo Gómez, pero cuando éste se hizo cargo de la 1ª División fue sustituido por el capitán de infantería José Pañeda. 

La 8ª Brigada estaba mandada por el capitán de Carabineros Francisco de Vicente Aranaz, la 10ª Brigada por el mayor de la Guardia de Asalto Manuel Barco Gorricho, la 14ª Brigada por el teniente de infantería Rogelio Castilla Alonso y la 16ª Brigada por el capitán de infantería Felipe Ortega Medina. 

Las restantes ocho brigadas estaban mandadas por mayores de milicias. La 4ª Brigada por Pablo Beldarráin (peneuvista), la 6ª Brigada por Manuel Cristóbal Errandonea (comunista), la 7ª Brigada por Lino Lazcano (peneuvista), la 9ª Brigada por Vicente Álvarez (¿socialista?), la 11ª Brigada por Mariano Pérez Prieto, la 12ª Brigada por Carmelo Doménech (cenetista), la 13ª Brigada por Evaristo Expósito Urrechua (¿comunista?) y la 15ª Brigada por Ángel López Bonaechea. 

Las dos brigadas que se formaron el 5 de mayo de 1937 tuvieron mandos también profesionales, ambos comandantes de infantería: la 17ª Brigada en la persona de Eduardo Vallejo y la 18ª Brigada en la de José Barreiro.

 

Abril del 37.

En resumen, durante el mes de abril, las autoridades vascas llamaron a filas las quintas de 1929, 1930 y 1937, con lo que el cuerpo de ejército vasco alcanzaría su máximo tamaño con setenta y cuatro batallones de infantería (tres de ellos de ametralladoras), uno de MAI, otro de tanques, ocho de zapadores, y tres regimientos de artillería: el de costa, el ligero y el mixto. Los hombres movilizados eran setenta y cinco mil, de los que cuarenta y cinco mil estaban en el frente.  Además, durante este mes llegaron diferentes refuerzos asturianos y santanderinos.

 

José Antonio Aguirre, general.

El predominio del poder político sobre el militar en las esferas más altas del mando del cuerpo de ejército vasco y el continuo enfrentamiento entre los diferentes partidos políticos representados en el gobierno autónomo vasco, interferían negativamente en el desarrollo de la defensa militar de Vizcaya ante la ofensiva enemiga.

Por este motivo y ante la difícil situación del cuerpo de ejército vasco en los frentes, José Antonio Aguirre se hizo con el mando directo del mismo. Además, se dispuso una reorganización de los cuadros del Estado Mayor. Como jefe del mismo se nombró al comandante Ernesto Lafuente en sustitución del teniente coronel Alberto Montaud. 

Éste, junto con el hasta entonces jefe de operaciones, el comandante Modesto Arámbarri, se convirtieron en asesores técnicos del lendakari.  Pocos días después, se daba la orden por la que se creaba el comisariado general del ejército, siguiendo el ejemplo del Ejército Popular de la República.

Las fuerzas militares ahora bajo su mando directo habían aumentado en los últimos días. El 5 de mayo, el mando del Ejército del Norte había ordenado la creación de dos brigadas vascas más “con las mismas plantillas y constitución que tienen las existentes”. 

Pero los batallones que se les asignaron no eran nuevos, procedían de otras brigadas ya existentes. Gracias a esta orden podemos confirmar que cada una de estas brigadas, tan rápidamente constituidas, debía disponer, por lo menos teóricamente, de una batería de artillería, una compañía de zapadores y los servicios correspondientes. Precisamente, la rapidez y la situación militar en la que se encontraba el cuerpo de ejército vasco, nos hace creer que más de una de estas improvisadas brigadas bien pudieron carecer de estas unidades de apoyo.

Por otro lado, Martínez Bande ofrece una relación de los batallones vascos existentes el 5 de mayo de 1937.  Fue en esta fecha cuando el cuerpo de ejército vasco alcanzó su mayor tamaño. De infantería eran sesenta y tres batallones, con otros cinco formándose, y tres de montaña. Del total de setenta y dos batallones de infantería que se crearon durante la guerra, sólo faltaba el 20º Azaña-Guipúzcoa.  

A estas unidades se les debe añadir las de apoyo: dos batallones de ametralladoras (53º Saseta y 62º Ariztimuño), uno de Máquinas de Acompañamiento (77º Irrintzi) con una compañía de “Morteros de Euzkadi”, ocho de zapadores, tres regimientos administrativos de artillería, además de carros y blindados no precisados.

Al respecto, Vargas Alonso ofrece un desglose más exhaustivo de estos efectivos a fecha, creemos, de 5 de mayo de 1937. Eran un total de 66.687 hombres, con 3.780 hospitalizados, 8.928 en unidades del cuerpo y el resto, 53.978, en unidades de combate, de zapadores y de artillería.

En total, desde el 5 de mayo de 1937, las fuerzas republicanas que combatieron en Vizcayan fueron dieciocho brigadas vascas,  cuatro asturianas y dos santanderinas, agrupadas en cuatro divisiones, que desde el día 17 fueron cinco. Esta nueva división, la quinta, se desgajó de la primera para defender el flanco izquierdo de la línea vasca. A su frente se puso Pablo Beldarráin. Fue sustituido en el mando de la 4ª Brigada por el oficial de milicias peneuvista Francisco Gorricho. 

El desarrollo de los combates en el sector costero, en especial en torno a Guernica, había provocado que numerosas unidades en reserva fueran trasladadas a esa zona por el alto mando y puestas bajo control de la 1ª División. Así, Salas Larrazábal ofrece la identidad de ocho batallones y de otras unidades de apoyo que se encuadraron en la nueva división.  

El elevado número de unidades trasladadas sobredimensionó a la 1ª División que se desdobló en dos: inicialmente, la 5ª División quedó formada con la 9ª Brigada vasca, la 2ª Brigada santanderina y la 4ª Brigada asturiana, mientras que la 1ª División quedaba con la 2ª Brigada asturiana, la 14ª Brigada y la 18ª Brigada vascas.

 

Conclusiones.

Desde ese momento ya no cabe hablar de construcción del cuerpo de ejército vasco y sí de su paulatina descomposición. Lo paradójico es que si desde el decreto del 26 de abril de 1937 las autoridades políticas vascas intentaron oficializar la existencia de un «Ejército de Euzkadi» autónomo y diferente del de la República, en la práctica se fueron estrechando los vínculos entre el Ejército del Norte republicano y el cuerpo de ejército vasco dirigido por José Antonio Aguirre. 

Cada vez más éste se fue asemejando a aquél (reorganización en brigadas y divisiones según sus plantillas, constitución del comisariado) y perdiendo su autonomía (creación de unidades por orden del general Llano de la Encomienda). A esta evolución no le fue ajena, sin duda, la desfavorable evolución de las operaciones militares y la pluralidad de las fuerzas políticas representadas en el gobierno autonómico vasco.

Porque si ya en el resto del territorio republicano dicha pluralidad fue un lastre para el esfuerzo de guerra, en el caso de Vizcaya dicha anomalía se acrecentó debido a la trascendental presencia de un partido netamente conservador y confesional como el PNV. 

Recuérdese que mientras las organizaciones de izquierdas se lanzaron a la calle desde el momento mismo del alzamiento, la prioridad de los peneuvistas fue constituirse en una improvisada guardia cívica empeñada en mantener el orden público frente a los brotes revolucionarios y anticlericales. Sólo tras un periodo de organización, las milicias nacionalistas vascas se presentaron en el frente a finales de septiembre, cuando éste ya se había estabilizado en la raya entre Guipúzcoa y Vizcaya.

Esta diversidad política, trocada en desconfianza o abierta hostilidad en momentos puntuales entre varias de las facciones, tuvo más repercusiones. El periodo inicial de las columnas finalizó en octubre de 1936 con la formación del gobierno autonómico del peneuvista José Antonio Aguirre. 

Si hasta entonces las columnas habían sido meras agrupaciones de compañías milicianas de todos los colores políticos, a partir de entonces se tomaron medidas para incrementar la eficacia de los efectivos militares. Para ello se desarrolló una estructura acorde con la que un cuerpo de ejército necesitaba y se consolidaron los batallones como unidades plenamente organizativas a la par que operativas. Este proceso se desarrolló especialmente durante noviembre, dentro de los imprescindibles preparativos para la ofensiva sobre Vitoria. Pero aún así, la integración fue más aparente que real. 

Aguirre fue el primero en querer lo mejor para su partido y en fortalecerlo, actitud compartida por los dirigentes de las restantes formaciones políticas y sindicales. Esto fue, naturalmente, en contra de cualquier propósito de creación de un más eficaz cuerpo de ejército vasco. Los batallones siguieron teniendo una adscripción política determinada y los movilizados pudieron siempre elegir en cuáles servir, de acuerdo a su ideología. 

Gracias seguramente a esta posibilidad, los batallones del PNV fueron los más numerosos al recoger a aquellos reclutas simpatizantes del bando adversario. No pocos de estos excombatientes forzosos continuaron la guerra en banderas falangistas y tercios de requetés una vez cayó Vizcaya.

Con todo es necesario recordar algunos hechos históricos que en la actualidad se confunden o ignoran. Los batallones nacionalistas vascos fueron los más numerosos pero no los mayoritarios ya que los adscritos a las organizaciones políticas y sindicales de izquierdas fueron más de la mitad. Los primeros conformaron un particular ejército bajo la dirección del PNV, el Euzko Gudaroztea, que se puede traducir por “Ejército Vasco”. Una organización a la que no se incorporaron en ningún momento las unidades milicianas de izquierdas. 

El Euzko Gudaroztea no fue el ejército del gobierno vasco, sino las milicias unificadas del PNV, del STV y del Jagi-Jagi. Frente al mismo, las demás formaciones de izquierdas (excepto la CNT) intentaron crear un organismo unificado semejante, las Milicias Populares Antifascistas en enero de 1937 que se acabó disolviendo formalmente en mayo, sólo cuando se ordenó la creación de un único cuerpo de ejército regular. 

Y de la misma manera no se deben confundir los símbolos y el imaginario de unos y otros. Mientras los soldados nacionalistas vascos pasaron a ser conocidos como gudaris y lucharon siempre, y exclusivamente, bajo su propia bandera, la ikurriña; esto no fue así para los demás. Éstos ni se consideraron gudaris ni enarbolaron la bandera que creara Sabino Arana. Cada organización política empleó, sobre todo, sus propios símbolos. De hecho, los dirigentes que constituyeron las Milicias Populares Antifascistas acordaron que todos sus batallones deberían ondear exclusivamente la bandera nacional de la España republicana.

 

Ilustración de Gudari

 

 

Más milicianos vascos


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